jueves, 23 de agosto de 2012

Fragmentos de "Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo" - Haruki Murakami

«¡Uff! ¡Andando! ¡A por el gato!», pensé. Siempre me han gustado los gatos. Y éste me gusta en particular. Pero los gatos tienen su propio estilo de vida. No son estúpidos. Cuando uno desaparece, significa que le ha apetecido ir a cualquier parte. Y que ya volverá cuando tenga hambre y esté exhausto.
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¿Puede un ser humano llegar a comprender plenamente a otro? Cuando deseamos conocer a alguien e invertimos mucho tiempo y serios esfuerzos en este propósito, ¿hasta qué punto podremos, en consecuencia, aproximarnos a la esencia del otro? ¿Sabemos en verdad algo importante de la persona que estamos convencidos de conocer?
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Cuando nos casamos estábamos, económicamente hablando, con el agua al cuello. Y pronto olvidamos al señor Honda. Lo olvidamos como, antes o después, la mayoría de jóvenes ocupados olvidan a la mayoría de ancianos.
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Tú no puedes entender qué vida es ésa, seguro. Cuando uno se acostumbra a no conseguir nunca lo que desea, ¿sabes qué pasa? Que acaba por no saber incluso lo que quiere.
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¿Por qué tenía que arriesgar mi vida peleando por aquel territorio inmenso donde sólo había insectos e hirsutos hierbajos polvorientos, por aquel pedazo de tierra estéril que apenas tenía valor militar o económico? No podía entenderlo. Para proteger mi patria perdería la vida luchando.
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Escucha, lo que nosotros vemos es sólo una pequeña parte del mundo. Damos por hecho que esto es el mundo, pero no es del todo cierto. El verdadero mundo está en un lugar más oscuro, más profundo, y en su mayor parte lo ocupan criaturas como las medusas. Eso nosotros lo olvidamos.
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Incluso las cosas que parecen complicadas —y que en realidad lo son— tienen un móvil extremadamente simple: qué se está buscando, sólo eso.
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¿A quién se le ocurre? No hay mucha gente que se meta dentro de un pozo, se siente en el fondo y se ponga a reflexionar.
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Me imaginé convertido en el pájaro-que-da-cuerda, surcando el cielo del verano, posándome en la rama de un árbol, dándole cuerda al mundo. Si era cierto que el pájaro había desaparecido, alguien tenía que asumir sus funciones.
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No hacía falta que me mirara en el espejo. Aún estaba ahí. No era una menudencia que desapareciera sin más, en una noche. Al amanecer, quizá convendría buscar en la guía telefónica algún dermatólogo que viviera cerca. Pero cuando me preguntara si tenía alguna idea sobre la causa de su aparición, ¿qué diablos podía responderle yo? He estado casi tres días dentro de un pozo. No, no tiene nada que ver con mi trabajo. Sólo quería reflexionar un poco. Y pensé que el fondo de un pozo era un sitio idóneo para pensar. No, no llevaba comida. No, el pozo no estaba en mi casa. Estaba en otro lugar. En una casa abandonada del vecindario. Y entré allí por las buenas. Suspiré. ¡Uff! Evidentemente no podía decirle eso.
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>—El odio es una sombra negra y alargada. En muchos casos, ni siquiera quien lo siente sabe de dónde le viene. Es un arma de doble filo. Al tiempo que herimos al contrincante, nos herimos a nosotros mismos. Cuanto más grave es la herida que le infligimos, más grave es la nuestra. Puede llegar a ser fatal. Pero no es fácil librarse de él.
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Todos los demás se saltan a la torera las cosas tontas, obvias, y avanzan demasiado rápido. Yo no. Es a las cosas más tontas a las que dedico más tiempo. Porque sé que cuanto más tiempo se les dedica, mejor va todo luego.
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Cuando nos abandonan, resulta durísimo permanecer en el mismo lugar y seguir viviendo solo. Esto lo sé muy bien. Pero, en este mundo, nada hay tan cruel como la desolación de no desear nada. 

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Debía de haber, por tanto, una diferencia, grande y definitiva, entre aquellos dos mundos. Tenía que haberla. Pero él fue incapaz de descubrirla. A él le parecía que el mundo era el mismo de siempre. Lo que le dejaba perplejo era esa insensibilidad desconocida que había en su interior.
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Me despierto a medianoche, me siento sola, muy lejos, como a quinientos kilómetros, alejada de toda persona y de todo lugar, en las tinieblas, sin poder ver mi futuro mire hacia donde mire, y me coge tanto miedo que me entran ganas de gritar.

Fragmentos de "Sólo quedan estas tres" - Pamela Aidan

—Las comparaciones son un asunto difícil, coronel Fitzwilliam. ¿Cómo podría comparar Kent con Hertfordshire? ¿En lo referente a su geografía, a las grandes propiedades, al esplendor de sus paisajes o a la cantidad de aldeas pintorescas? ¿O tal vez lo que usted quiere que yo compare es la caza? —Ah, ahí estaba la Elizabeth que Darcy buscaba, esos ojos brillantes y juguetones. ¡Pero el hecho de que esos ojos brillaran así para su primo le pareció intolerable!
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¡Por Dios, esas palabras todavía lo herían como si fueran un cuchillo! Para ella, él era el último hombre; para él, ella parecía ser la única mujer. ¿Acaso el destino podría haber ideado una ironía más perfecta, o hacerlo sentir más ridículo?
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—Su nombre es Elizabeth —comenzó a decir, mirando más allá del hombro de Dy para conservar aunque fuera algún retazo de algo parecido a la dignidad—, y yo soy el último hombre en la tierra con el que podría casarse.
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El orgullo no era un defecto, le había dicho a Elizabeth con arrogancia, cuando estaba bajo el dominio de una inteligencia superior. ¡Por Dios, qué petulancia!
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Aunque había intentado protegerse con una coraza de acero, Darcy no pudo evitar que su corazón palpitara apresuradamente al ver cómo se encontraban por primera vez en la vida las dos personas que más quería en el mundo.