sábado, 5 de julio de 2014

Fragmentos de "La senda del perdedor" - Charles Bukowski

Y sin embargo era magnífico leerlos a todos. Mostraban cómo los pensamientos y las palabras podían ser fascinantes, aunque fueran inútiles.
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Algo funcionaba mal en todos los que se apuntaban a la Instrucción. La mayoría eran tipos a los que no les gustaban los deportes o bien eran forzados por sus padres a escogerla porque pensaban que era un gesto patriótico. Los padres de los chicos ricos solían ser más patrióticos porque tenían más que perder si el país se hundía.
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Yo no tenía ningún interés. No tenía interés en nada. No tenía ni idea de cómo lograría escaparme. Al menos los demás tenían algún aliciente en la vida. Parecía que comprendían algo que a mí se me escapaba. Quizás yo estaba capidisminuido. Era posible. A menudo me sentía inferior. Tan sólo quería apartarme de ellos. Pero no había sitio donde ir.
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Todas esas pequeñas en sus gradas esperando cada una a su amante, su ganador, su ejecutivo de la gran empresa. Era algo triste. Una bandada de palomas, asustadas por un pedazo de papel ondeando al viento, crujiendo hasta desaparecer.
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Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de Julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre... ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.
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Y sin embargo sabía que lo que estaba viendo no era tan simple ni bonito como aparentaba. Había que pagar un precio por todo ello, una falsedad social en la cual se podía creer fácilmente, pero que podía ser el primer paso que condujera a un callejón sin salida.
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¿Qué importaba eso? Lo que yo quería era vivir en una cueva en el Colorado con víveres y comida para tres años. Me limpiaría el culo con arena. Cualquier cosa, cualquier cosa que evitara que me ahogase en esta existencia monótona, trivial y cobarde.
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Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la necesidad de vivir pero no la habilidad.
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Quizás pudiera vivir de mi ingenio. La jornada de ocho horas me parecía algo imposible, y sin embargo todo el mundo se sometía a ella. Y la guerra, todos hablaban de la guerra en Europa. No me interesaba la historia del mundo, sólo la mía. Vaya porquería. Tus padres controlaban los años de tu desarrollo jodiéndote todo el rato. Luego, cuando ya eras capaz de vivir por ti mismo, otros querían embutirte un uniforme para que te pudieran volar el culo.
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Necesitaba algún sitio aislado para esconderme. Los barrios bajos eran desagradables. La vida del hombre normal y sano era tediosa, peor que la muerte. Parecía no haber alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que me había permitido acceder me había hecho más suspicaz. ¿Qué es lo que eran los doctores, abogados y científicos? Tan sólo eran hombres que habían permitido que los privaran de su libertad de pensar y actuar como individuos.
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sábado, 24 de mayo de 2014

Lin Yutang: Sobre el trabajo y el ocio



Al fin y al cabo, lo más sorprendente que hay en el hombre es su ideal del trabajo, y la cantidad de trabajo que se impone a sí mismo, o que le ha impuesto la civilización. Toda la naturaleza se dedica a la holganza, y sólo el hombre trabaja por su sustento. Trabaja porque tiene que hacerlo, porque con el progreso de la civilización, la vida se hace más compleja, con deberes, responsabilidades, temores, inhibiciones y ambiciones, no nacidas de la naturaleza, sino de la sociedad humana. Mientras estoy aquí sentado ante mi escritorio, una paloma vuela en torno al campanario de una iglesia, frente a mi ventana, sin preocuparse por lo que va a tener para el almuerzo. Sé que mi almuerzo es cosa más complicada que el de la paloma, y que los pocos artículos alimenticios que tomo afectan a miles de personas en su trabajo y un complicado sistema de cultivo, venta, transporte, entrega y preparación. Por eso es que cuesta más al hombre que a los animales conseguir comida. No obstante, si una bestia de la selva quedara suelta en una ciudad y obtuviera cierta comprensión del significado de la atareada vida humana, sentiría mucho escepticismo y asombro acerca de esta sociedad humana.

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Cada vez que veo el horizonte de una ciudad o miro a los techos, me asusto. Es positivamente asombroso. Dos o tres tanques de agua, el reverso de dos o tres armazones de acero para anuncios, quizá un campanario o dos, y una extensión de azoteas de asfalto y ladrillos que suben en contornos cuadrados, agudos, verticales, sin forma ni orden, rociados por algunas chimeneas sucias, descoloridas, unas pocas cuerdas con ropa lavada, y líneas entrecruzadas de antenas radiotelefónicas. Y al mirar hacia abajo, a una calle, veo otra vez una extensión de paredes grises, o de rojos ladrillos descoloridos, con ventanas pequeñas, y oscuras, uniformes, en filas iguales, a medias abiertas y a medias ocultas por cortinas, y quizá en un alféizar una botella de leche, y unas pocas macetas con enfermizas florecillas en otras. Una niña sube a la azotea con su perro y se sienta en un escalón todas las mañanas para conocer un poco de sol. Y al levantar otra vez la vista veo filas sobre filas de techos, millas de techos extendidos en feos contornos cuadrados hacia la distancia. Más tanques de agua, más casas de ladrillo. Y la humanidad vive aquí. ¿Cómo vive cada familia detrás de una o dos de esas sombrías ventanas? ¿En qué trabajan para vivir? Es pasmoso. Detrás de cada dos o tres ventanas, una pareja va a la cama noche a noche, como las palomas que vuelven al palomar; despiertan y toman el café matinal, y el marido sale a la calle, a buscar pan para la familia, mientras la esposa trata persistente, desesperadamente, de barrer el polvo y mantener limpio su lugarcito. A las cuatro o cinco de la tarde salen a sus umbrales para conversar con sus vecinos, para mirarlos y tomar un poco de aire fresco. Cae después la noche, están muertos de cansancio y otra vez van a dormir. ¡Y así viven!

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¡Oh, sabia humanidad, terriblemente sabia humanidad! A ti te canto. ¡Cuan inescrutable es la civilización en que los hombres laboran y trabajan y se preocupan hasta encanecer, por conseguir el sustento, y se olvidan de jugar!

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…nuestras horas de ocio son las que hacen soportable la vida. Tengo entendido que hay una acaudalada mujer que vive en Park Avenue, que compró un terreno vecino para impedir que construyeran un rascacielo junto a su casa. Paga una gran suma de dinero a fin de tener un espacio plena y perfectamente inútil, y me parece que jamás pudo gastar con mayor sabiduría su dinero.

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En conjunto, el goce de la holganza es algo que cuesta decididamente menos que el goce del lujo. Todo lo que se necesita es un temperamento artístico dedicado a buscar una tarde perfectamente inútil vivida de una manera perfectamente inútil. La vida ociosa, en verdad, cuesta poquísimo, como se tomó el trabajo de señalar Thoreau en Walden.

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La vida ociosa, lejos de ser una prerrogativa de los ricos y poderosos y triunfantes (¡cuan ocupados están los norteamericanos triunfantes!) fue en China una consecución de la altura de ánimo, una altura de ánimo muy cercana al concepto occidental de la dignidad del vagabundo, que es demasiado orgulloso para pedir favores, demasiado independiente para trabajar, y demasiado sabio para tomar muy en serio los triunfos del mundo. Esta altura de ánimo surgió y estuvo inevitablemente asociada a cierto sentido de desapego en cuanto al drama de la vida; provino de la cualidad de poder ver a través de las ambiciones y las locuras de la vida y las tentaciones de fama y riqueza. Por algún motivo, el estudioso de ánimo superior que estimaba más su carácter que sus realizaciones, su alma más que la fama o la riqueza, llegó a ser, por consenso común, el supremo ideal de la literatura china. Era, inevitablemente, un hombre con gran sencillez de vida y orgulloso desprecio por el triunfo terrenal tal como lo entiende el mundo.

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No, el goce de una vida ociosa no cuesta dinero. La capacidad para el verdadero goce del ocio se pierde en la clase adinerada y sólo puede encontrarse entre la gente que tiene un supremo desprecio por la riqueza. Debe provenir de la riqueza íntima del alma en un hombre que ama las formas simples de la vida y a quien impacienta a veces el negocio de hacer dinero. Hay siempre mucha vida que gozar para el hombre decidido a gozarla. Si los hombres no alcanzan a gozar esta existencia terrena que tenemos, es porque no aman suficientemente a la vida y permiten que se convierta en una monótona existencia rutinaria.

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Cuando se reúnen personas para conjeturar sobre la vida misma, algunos se sientan y hablan y vierten sus pensamientos en la intimidad de un cuarto, y algunos, dominados por un sentimiento, se lanzan a un mundo allende las realidades corpóreas. Aunque elegimos nuestros placeres «según nuestras inclinaciones—algunos ruidosos y revoltosos, y otros tranquilos y serenos—, y cuando hemos encontrado aquello que nos place, estamos todos felices y contentos, hasta el punto de olvidar que envejecemos». Y luego, cuando la saciedad sigue a la satisfacción y, con el cambio de las circunstancia, cambian también nuestros caprichos y deseos, surge entonces una sensación de punzante pesar. En un abrir y cerrar de ojos, los objetos de nuestros previos placeres pasan a ser cosas del pasado, que nos obligan a tener momentos de pesaroso recuerdo. Además, sean largas o cortas nuestras vidas, todos terminamos eventualmente en la nada. "Grandes en verdad son la vida y la muerte", decían los antiguos. ¡Ah! ¡Qué tristeza!

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Nuestra protesta contra la eficiencia no es porque hace hacer bien las cosas, sino porque es una ladrona del tiempo cuando no nos deja ocios para gozar de nosotros mismos y destruye nuestros nervios al tratar de lograr que las cosas estén debidamente hechas.

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El ritmo de la moderna vida industrial prohíbe esta especie de ocio glorioso y magnífico. Pero, peor aun, nos impone un concepto diferente del tiempo, medido por el reloj, y, eventualmente, convierte al ser humano en un reloj. Esto ha de llegar a ocurrir en China, como es evidente, por ejemplo, en una fábrica de veinte mil obreros. La lujosa perspectiva de veinte mil obreros que lleguen a trabajar según les plazca, a cualquier hora del día, es, naturalmente, algo que aterroriza. No obstante, aquel afán es lo que hace a la vida tan dura y agitada. Un hombre que tiene que estar indefectiblemente en determinado lugar a las cinco en punto, ya se ha arruinado la tarde entera, de la una a las cinco. Todo norteamericano adulto arregla su tiempo según el modelo del estudiante: las tres en punto para hacer esto, las cinco para aquello, las seis y media para cambiarse; las siete menos diez para tomar el taxi y las siete para aparecer en el restaurante. Con esto no se hace más que lograr que la vida no merezca ser vivida.

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lunes, 3 de marzo de 2014

Fragmentos de Gente de verdad - Alison Lurie

https://www.goodreads.com/book/show/18753133-gente-de-verdad 

Siempre me alegro de irme, pero cuando llego a Nueva York, o incluso a Boston, es terrible. Tan ruidoso, tan sucio. Miro las caras de la gente en la calle o en el metro y todas son infelices y están enfadadas. Y pienso, bueno, es lógico viviendo en un sitio como éste. Y luego, al cabo de una semana, ya no lo aguanto. Tengo que volver aquí, donde la gente es normal.
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En Iliria uno se convierte en quien de verdad es, en la persona que sería si viviese en un mundo más decente.
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De todos modos, creemos en la obra del otro; sabemos que todos estamos aquí por eso, en este pequeño Edén privado. Un sitio que, y Teddy y la señorita Waters estaban de acuerdo, es lo que parece. Pero este Edén no está diseñado para seres humanos. Por eso, temporalmente, todos somos dioses que estamos atareados creando.
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Antes pensaba, en mi ingenuidad infantil, que sería maravilloso ser escritora. No se me ocurrió pensar que, si eso sucedía, a los ojos de la mayoría de la gente iba a dejar de ser, al menos en parte, un ser humano. Nadie me informó nunca del riesgo laboral de la literatura, del gas venenoso de la reputación que se descarga en torno a cada escritor en proporción directa a su éxito.
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Además, ahora la mayoría de las novelas largas son malas. Era distinto hace cien o doscientos años. Hoy la vida va más deprisa, sus partes están menos conectadas. Uno asume que la mayoría de los acontecimientos y las relaciones (por muy intensas que sean) no van a tener mayor duración ni complicación de lo que se puede describir en veinte o treinta páginas. Así que escogemos las formas literarias que se adaptan a nuestra vida. ¿O es al contrario? Cuando escribimos historias cada vez más cortas ¿estamos convenciendo a nuestros lectores de que dividan su vida en trocitos cada vez más pequeños, brillantes y discontinuos?
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El arte tiene la última palabra. El futuro y el pasado nos pertenecen. Pero ¿y el presente? El presente, no. Mermelada ayer, mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy.
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La ficción es realidad concentrada. Y por eso tiene un sabor más intenso, como el caldo o el zumo de naranja congelado. Soy consciente de todo esto; lo soy desde hace años.
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Ambos eran solo fantasmas de algún cuento que nos estábamos contando mutuamente y a nosotros mismos. Muy encantador y espiritual, como todos los fantasmas, pero al fin y a la postre, inconsistente, transparente y aburrido.
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Si al final no va a sobrevivir de la vida nada más que lo que los artistas cuenten de ella, no tenemos derecho a contar lo que sabemos que son mentiras.
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lunes, 27 de enero de 2014

Cuando me amé de verdad - Charles Chaplin


Cuando me amé de verdad comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto, en la hora correcta y en el momento exacto y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene un nombre…AUTOESTIMA


Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no es sino una señal de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es…AUTENTICIDAD


Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente y comencé a ver todo lo que acontece y que contribuye a mi crecimiento. Hoy eso se llama…MADUREZ


Cuando me amé de verdad, comencé a percibir como es ofensivo tratar de forzar alguna situación, o persona, solo para realizar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o la persona no está preparada, inclusive yo mismo. Hoy sé que el nombre de eso es…RESPETO


Cuando me ame de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable…, personas, situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. De inicio mi razón llamó esa actitud egoísmo. Hoy se llama…AMOR PROPIO


Cuando me amé de verdad, dejé de temer al tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé que eso es…SIMPLICIDAD


Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y con eso, erré menos veces. Hoy descubrí que eso es la…HUMILDAD


Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama…PLENITUD


Cuando me amé de verdad, percibí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, ella tiene una gran y valiosa aliada. Todo eso es…SABER VIVIR!

sábado, 30 de noviembre de 2013

Fragmentos de Tokyo Blues (Norwegian Wood) - Haruki Murakami

A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán todo volvía al mismo punto de partida: yo.

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«¡Arriba! ¡Comprende! », decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.


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Como siempre me veían leyendo, los de la residencia pensaban que yo quería ser escritor, lo que jamás se me había ocurrido. A mí, en realidad, no se me había ocurrido ser nada.


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Al parecer, lo que yo necesitaba era esto: aire puro, un lugar tranquilo y apartado del mundo, una vida ordenada, ejercicio diario. ¡Es magnífico ser capaz de escribirle a alguien! Sentir que quieres comunicarle tus pensamientos, sentarte a la mesa, coger una pluma y escribir unas líneas me parece algo maravilloso. Aunque, al expresarlo en palabras, quede una pequeña parte de lo que quiero decir. No importa. Sólo por tener ganas de escribirle a alguien ya me siento feliz.


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Toda mi vida había girado en torno al piano. Había empezado a tocar a los cuatro años y, desde entonces, había pensado únicamente en él. Jamás había hecho ninguna tarea doméstica por temor a que se me estropearan las manos, todo el mundo me respetaba porque tenía talento tocando el piano. Si a una chica que ha crecido así le quitas el piano...¿Qué le queda entonces?

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    -Me gustas como un oso en primavera.
    -¿«Un oso en primavera»? -Midori volvió a levantar la cabeza- ¿Qué es esto?- ¡«Un oso en primavera»!
    -Imagina que paseas sola por un prado y se te acerca un osito con la piel aterciopelada y unos ojazos. De pronto el osito te dice: «¡Buenos días señorita! ¿Quiere usted rodar conmigo?» .
Entonces tú y el osito os pasáis el día entero rodando abrazados por una ladera sembrada de tréboles. Es bonito, ¿no?
    - Muy bonito.
    - Pues a mí me gustas tanto como eso.

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El tiempo transcurría al ritmo de mis pasos. A mi alrededor hacía tiempo que todos habían emprendido la marcha, y yo y mi tiempo seguíamos arrastrándonos con torpeza por aquel lodazal. (...) Y yo me limitaba a vivir día tras día sin apenas levantar la cabeza, lo único que se reflejaba en mis pupilas era aquel lodazal infinito. Levantaba el pie derecho, luego el izquierdo, de nuevo el pie derecho. Ni siquiera sabía con certeza dónde me encontraba. No lograba orientarme. Sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna parte y, por ese motivo, movía los pies.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Fragmentos de El Club de los Poetas Muertos (N. H. Kleinbaum)


—¿ No habrán esperado demasiado antes de llevar a cabo una fracción de aquello de lo que eran capaces? Al adular en exceso a la diosa todopoderosa del éxito social, ¿no habrán vendido baratos sus sueños de infancia? ¿En qué caminos trillados, en qué mezquindades quedaron empantanados sus ideales? La mayoría de ellos están hoy criando malvas.
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—Estamos comprometidos en una batalla, señores. ¿Qué digo, una batalla? ¡Es la guerra! Ustedes, jóvenes almas llegadas a un momento crucial de su desarrollo, serán triturados, aplastados por la apisonadora del academicismo, y el fruto perecerá antes incluso de nacer, o triunfarán y entonces podrá florecer su individualidad. »No teman, aprenderán lo que este colegio exige que sepan; pero, si puedo completar mi tarea, aprenderán aún bastante más. Por ejemplo, descubrirán el placer de las palabras; porque, pese a todo lo que les hayan podido decir, las palabras y las ideas tienen el poder de cambiar el mundo.
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—Se escribe y se lee poesía, no porque sea bonita, sino porque formamos parte de la Humanidad. Se escribe y se lee poesía porque los seres humanos son seres con pasiones. La Medicina, el Derecho, el comercio, son nobles actividades, necesarias todas ellas para mantenernos con vida. Pero la poesía, el amor, la belleza, ésa es nuestra razón de ser.
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McAllister hizo como que se echaba a reír. —¡Filósofos a los diecisiete años! —Es curioso, nunca hubiese imaginado que era usted un cínico —dijo Keating antes de tomar un sorbo de té. —Cínico no, amigo mío —replicó el profesor de Latín—. Realista. Muéstreme usted un corazón liberado del peso vano de los sueños y yo le mostraré a un hombre feliz. —El hombre nunca ha sido tan libre como cuando sueña —replicó Keating—. Ésa fue, es y seguirá siendo la verdad. McAllister frunció el ceño por efecto de un intenso esfuerzo de la memoria. —¿Es eso Tennyson? —No... Es Keating.
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—«Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisa. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. » —¡Bien dicho! —interrumpió Charlie. —«Abandonar todo lo que no era la vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.»
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Señores, todos llevamos en nosotros mismos este deseo de ser aceptados; pero traten de estimular lo que tienen ustedes de único o diferente, incluso aunque por ello se vean tachados de excéntricos.
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¡Oh, cuánto me gusta! —¿El qué? ¿La obra? —La obra, por supuesto, pero, sobre todo, ¡interpretar! Es el trabajo más hermoso del mundo. Y decir que la mayoría de la gente no vive más que una vida, y eso si tienen suerte. Sin embargo, un actor puede vivir docenas de vidas, cada una más apasionante que las demás.
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PD: Me pasó que leí el libro primero, sabía que existía una película, claro, pero lo que me sorprendió fue el descubrir que en este caso el libro era una adaptación del guión original de la película y no al revés como normalmente sucede.

jueves, 30 de mayo de 2013

Fragmentos de Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

¿Cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era - Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo - como antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus pensamientos más íntimos!

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Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie.

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Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia y, entonces me presenté yo y en dos minutos ¡zas!, todo liquidado.

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La mayoría de nosotros no podemos andar corriendo por ahí, hablando con todo el mundo, ni conocer todas las ciudades del mundo, pues carecemos de tiempo, de dinero o de amigos. Lo que usted anda buscando, Montag, está en el mundo, pero el único medio para que una persona corriente vea el noventa y nueve por ciento de ello está en un libro.

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Recordó una granja que había visitado de niño, una de las pocas veces en que había descubierto que, más allá de los siete velos de la irrealidad, más allá de las paredes de los salones y de los fosos metálicos de la ciudad, las vacas pacían la yerba, los cerdos se revolcaban en las ciénagas a medio día y los perros ladraban a las blancas ovejas, en las colinas.

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Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. "No importa lo que hagas - decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos"