martes, 29 de noviembre de 2016

Fragmento de Cuatro por cuatro - Sara Mesa





"Creo en la reencarnación, pero dentro de esta misma vida. En las distintas vidas que se suceden dentro de esta vida. En el extrañamiento, en la ausencia de reconocimiento del que fuimos ayer. En la falta de sorpresa ante el que seremos mañana, aunque aún no podamos anticipar ni lo más mínimo qué forma albergaremos. Creo en la disolución de la identidad. Creo en la ruptura. Me rompieron a mí; creo por tanto en la imposibilidad de ser reconstruido."

domingo, 17 de julio de 2016

Fragmentos de El amor en los tiempos del cólera - Gabriel García Márquez

El doctor Urbino se había dado cuenta desde hacía rato de cuánto iba a repudiar el recuerdo de aquella mujer irredimible, y creía conocer el motivo: sólo una persona sin principios podía ser tan complaciente con el dolor.
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Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada.
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Lo despertó la tristeza. No la que había sentido en la mañana ante el cadáver del amigo, sino la niebla invisible que le saturaba el alma después de la siesta, y que él interpretaba como una notificación divina de que estaba viviendo sus últimos atardeceres.
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Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento:
Solo Dios sabe cuánto te quise.
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Pero cuando llegó la propuesta formal se sintió desgarrada por el primer arañazo de la muerte. Presa de pánico se lo contó a la tía Escolástica, y ella asumió la consulta con la valentía y la lucidez que no había tenido a los veinte años cuando se vio forzada a decidir su propia suerte.
Contéstale que sí –le dijo. Aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.
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Bien pronto se dio cuenta Fermina Daza de que la tarde de su llegada a Valledupar no había sido distinta, sino que en aquella provincia feraz todos los días de la semana se vivían como si fueran de fiesta. Los visitantes dormían donde los sorprendiera la noche y comían donde los encontraba el hambre, pues eran casas de puertas abiertas donde siempre había una hamaca colgada y un sancocho de tres carnes hirviendo en el fogón, por si alguien llegaba antes que su telegrama de aviso, como ocurría casi siempre. 

domingo, 27 de marzo de 2016

Fragmentos de: Apropiación indebida - Lena Andersson


 El día en que descubrió el lenguaje y las ideas, dándose cuenta así de cuál era su misión en la vida, renunció a llevar una existencia costosa: comía barato, no descuidaba en ningún momento los métodos anticonceptivos, viajaba sin incurrir en demasiados gastos, no contraía deudas con bancos ni con personas particulares, y evitaba situaciones que pudieran alejarla de aquello a lo que quería dedicar su tiempo: leer, pensar, escribir y conversar.
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—Porque estás enamorada de Hugo Rask y por tanto te atreverás a hacerle preguntas que a nadie más se le ocurrirían. —¿Qué te hace creer algo así? —¿Creer qué? —Que eso te hace plantear preguntas más atrevidas. Pensaba que era al revés, que el enamoramiento te despojaba del juicio y del sentido crítico. —Del juicio sí, desde luego, pero no del sentido crítico. Creo más bien que uno se vuelve más severo; pues si el amado resulta ser una persona lastimosa, contradictoria y débil, eso solo hace que lo ames aún más.
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A la persona que quiere marcharse la asalta una resistencia, un temor a lo desconocido, a las complicaciones que entraña y la posibilidad de arrepentirse. El que se niega a ser abandonado ha de explotar esa renuencia, pero para ello debe refrenar las ansias de certidumbre y sinceridad. El asunto debe permanecer sin formularse. El que no quiere que lo abandonen debe dejar que sea el que ansía irse quien decrete el cambio: únicamente de esa manera es posible conservar a una persona con ganas de escapar. De ahí el vasto silencio intrarrelacional que reina en el mundo.
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Lo que pasaba era que odiaba el tedio, siempre lo había odiado; prefería atormentarse a aburrirse, la soledad a estar con un grupo de gente charlando de banalidades. No porque la gente que se distraía con la conversación intrascendente le cayera mal, sino porque le robaba demasiada energía. La charla social era algo que la dejaba exhausta.
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Siempre existen motivos para lo que la gente hace y deja de hacer, pensaba. La pasividad de Hugo debía de tener una causa. Si hubiera deseado pasar más tiempo con ella, ya lo habría hecho. Como estaba hundida en un viscoso cenagal en el que, por mucho que chapoteara de un lado para otro, no llegaba a ninguna parte, las posibilidades de escapatoria eran nulas. Guardaba recuerdos borrosos de una vida reciente en la que se había dedicado a algo más que sus sentimientos, en la que se había interesado por el mundo exterior, había intentado aprender cosas y había sentido la alegría de vivir. Ahora se consagraba exclusivamente a tratar de entender si él quería algo con ella o no.
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Su vida emocional se hallaba ya transida de la insatisfacción inherente al crecimiento de las expectativas. La única ventaja de ello es que la decepción, después de algún tiempo, puede pasar a decantarse hacia otra ley natural: la alegría que se produce ante el detalle más mínimo cuando las expectativas decrecen.
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Habían dejado de hablar en el momento en que sus cuerpos habían empezado a hacerlo. El amor necesita palabras. Por un breve tiempo se puede tener fe en el sentimiento no expresado verbalmente; pero a la larga no existirá el amor sin palabras, como tampoco existirá solo con palabras y nada más.
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La atmósfera siguió cargada todo el día, y él no llamó. Ella tampoco, pero su silencio significaba algo muy distinto, pues él decidía, él tenía el poder. No había prueba de que así fuera, pero tampoco duda alguna. El que frena siempre manda. El que menos voluntad muestra, más poder ostenta.
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No debía cantar derrota antes de tiempo. Decidió que, cuando se vieran esa noche, se mostraría contenta y entusiasta para no dejar traslucir su decepción ni una actitud acusatoria: no debía manifestar nada de todo lo que la consumía por dentro.
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Pensaba en sus debilidades como artista. Se lo consideraba creador de una gran poesía visual, pero aunque había partes de su obra que le parecían interesantes y originales, las deficiencias de esta también eran sus propios defectos como persona. No se atrevía a entrar en su dolor, y por tanto, tampoco en el de los demás. No sabía lo que era el dolor. Lo contemplaba desde fuera pero no lo sentía, y por eso no conseguía ahondar en la descripción del hombre en la medida que su sed de grandeza requería.
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Las personas que optan por mantener una considerable distancia respecto a los demás suelen ser amables. Tienen gestos de amabilidad. Les interesa muy poco la vida de los otros, y en ese sentido practicar la amabilidad no cuesta ni compromete a nada, es preferible a la malicia, que solo acarrea molestias y fastidio. Los gestos amables, en cambio, posibilitan que a uno lo dejen en paz.
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Por las noches se reunía con su amistad afincada en París. Salían a cenar, pero la amiga, no versada en el mal de amores, pensaba que la tristeza no podía ser tan grave si durante la velada, en alguna ocasión, la persona triste se reía. Nadie con una seria congoja vital era capaz de reír, concluía la interlocutora,
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—¿Crees que es posible? —resolló —. ¿Crees que puede ocurrir que un día se plante en mi casa, arrepentido? —Todo es posible, pero no debes pensar en ello —respondió el coro. Consejo que nacía muerto por impracticable. La existencia de una mínima posibilidad, por remota que fuera, de que un día sucediera tal cosa haría que Ester no pudiera pensar en nada más, y la condenaría a vivir encerrada en un paréntesis hasta que ese día llegara.
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—Eso de que se debe contar todo y ser honesto y transparente no es más que una convención —objetó Hugo—. Una carga totalitaria y asfixiante, una restricción de libertad que nos endosamos el uno al otro. Exigir a una persona con la que hemos tenido contacto físico que renuncie desde ese momento a todo lo demás constituye un acto de tiranía. Conminarla a que a partir de entonces nunca más se guarde nada para sí no solo es pequeñoburgués, sino que indica una total falta de respeto por la libertad individual que tú te precias tanto de valorar.
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—Voy a pasar por la tienda a comprar unas botellas de vino. Ven conmigo. Ella pensó: «Ahora es el momento de decir no y marcharme en otra dirección con la cabeza bien alta». Ella pensó: «Ahora es el momento de salir corriendo sin mirar atrás». Ella lo acompañó a Systembolaget a comprar vino.
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Lo que a ella se le escapaba era que, aunque su visión de las cosas fuera la más razonable, no era percibida como tal, sino solo como una manifestación de una rectitud demasiado rígida. Una rectitud que genera vergüenza, que incita a la mentira. La gente miente para ser libre. La gente miente si sabe que no la van a dejar en paz en caso de que diga la verdad. La gente miente cuando otros se arrogan el derecho de ponerla contra las cuerdas en nombre de la verdad. La mentira como vía de escape frente a la impecable rectitud se convierte en un acto de resistencia contra una moralidad con pretensiones totalitarias.
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Siguiendo la sugerencia de un amigo, se puso a leer la correspondencia de Mayakovski con Lili Brik, lo que le sirvió para comprobar que todo el mundo amaba y lloraba de la misma manera y por razones similares; todo el mundo traicionaba y era traicionado de la misma manera y por razones similares, y todo el mundo pensaba que nadie jamás había amado tanto o sufrido tanto dolor. Todo el mundo tenía la misma manera de ser único.
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Con él no se había sentido incómoda nunca, no había tenido que actuar ni fingir. En una ocasión él le había confesado que con nadie había hablado como con ella. Y es que hablar era el afrodisíaco de Ester, el único que conocía y dominaba. Hablando podía seducir a cualquiera que compartiera su gusto por la conversación y el intercambio de ideas.
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Esa constante necesidad de hablar que tiene el rechazado. Esa constante necesidad de hablar. El que rechaza nunca experimenta esa necesidad. Ella debía saber mejor que nadie que el que abandona no siente dolor, el que abandona no necesita hablar porque para él no hay nada de que hablar. El que abandona ha terminado. Ahí radica el gran dolor. Es la persona abandonada la que siente la necesidad de hablar sin parar en un intento de hacer ver al otro su error, de demostrarle que, si aprehendiera la verdadera naturaleza de las cosas, su elección sería distinta y la amaría a ella.
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sábado, 26 de marzo de 2016

Fragmentos de: Algún día este dolor te será útil - Peter Cameron

 

Únicamente me siento a mis anchas cuando estoy solo. Relacionarme con los demás no es algo natural para mí sino que me tensa y me exige un esfuerzo y, como no lo vivo de una manera natural, cuando hago ese esfuerzo no tengo la sensación de ser yo mismo. Me siento bastante cómodo con mi familia, pero incluso con ellos a veces noto la tensión de no estar a solas.
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—Me resulta difícil explicar por qué no quiero ir. Lo único que puedo decir es que la idea de ir no me atrae nada. No quiero vivir en ese entorno social. Durante toda mi vida he estado con gente de mi edad y ni me gusta ni tengo mucho en común con ellos. Creo que todo cuanto quiero saber lo aprenderé leyendo libros: al fin y al cabo, eso es lo que haces básicamente en la universidad y yo puedo hacerlo por mi cuenta y no dedicar tanto dinero a algo en lo que no creo y no necesito. Con ese dinero podría hacer cosas mejores que ir a la universidad. —¿Por ejemplo? —me preguntó mi abuela. No le respondí porque de repente, durante uno o dos segundos, vi con claridad que no querer ir a la universidad se debía en parte al deseo de no avanzar, pues me encantaba estar donde me encontraba en aquellos momentos, un deseo inequívoco y profundo: allí sentado, en la cocina de mi abuela, tomando café recién hecho en una taza de porcelana y no en un vaso de papel con una tapa de plástico perforada, sentado en la cocina perfectamente ordenada y con la puerta trasera abierta para que penetrara en la casa un poco de brisa, el reloj eléctrico encima del fregadero zumbando imperceptiblemente día y noche y el suelo de linóleo desgastado de tantos años de fregar y refregar y tan suave como gamuza, mi abuela sentada delante de mí con un vestido que probablemente se compró hace cuarenta años y que se ha puesto un millar de veces desde entonces, escuchándome, aceptándome, al parecer, como nadie más lo hace y, en el exterior, el tranquilo sábado de verano, el mundo a nuestro alrededor aún no violado del todo por la estupidez, la intolerancia y el odio.
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—¿Y qué harías en esa casa? —Leería. Leería mucho, todos los libros que quisiera leer pero no he podido por ir al colegio, y encontraría algún trabajo, en una biblioteca o como portero nocturno o algo por el estilo, y aprendería un oficio, de encuadernador de libros o tejedor o carpintero, y haría cosas, cosas bonitas, y cuidaría de la casa, el jardín y el patio. La idea de ser bibliotecario me atraía mucho: trabajar en un sitio donde la gente tenía que susurrar y solo hablaba cuando era necesario. ¡Ojalá el mundo fuese así!
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—No, no he leído a Proust. ¿Algún problema? —No, solo era por curiosidad. Tampoco yo he leído a Proust. Alguien me dijo que no lo hiciera hasta que me hubiera enamorado y desenamorado. (En realidad era John Webster quien me había dicho eso. Yo había tenido la intención de pasarme todo el verano leyendo À la recherche du temps perdu, pero el primer día que llevé Por el camino de Swann a la galería, él me lo quitó de las manos y me dijo que era un crimen que leyese a Proust a mi edad. Me hizo prometer que no lo leería hasta que hubiese encontrado y perdido el amor. He de admitir que me sentí aliviado, porque me había parecido un hueso duro de roer, aunque solo llevaba leídas unas treinta páginas.)
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—Pareces absorto. ¿En qué estás pensando? —En nada —respondí. La mueca que ella hizo indicaba lo poco convincente que le parecía mi respuesta—. A veces me molesta tener que expresar mis pensamientos —añadí—. Estaba pensando en eso. —¿Y a qué se debe esa molestia? —No lo sé. Es que los pensamientos me pertenecen. La gente no va por ahí compartiendo su sangre o lo que sea. No veo por qué siempre se espera de nosotros que compartamos una parte tan íntima de nuestro ser. —La gente dona sangre —observó ella. —Sí, pero no sin parar y además solo un poco. Una vez al año, por ejemplo. —¿Me estás diciendo entonces que solo deberías compartir un poco tus pensamientos, una vez al año? —No, claro que no, no digo eso —respondí—. Y si cree usted sinceramente que eso es lo que he dicho, demuestra mi creencia de que hablar es ridículo por la imposibilidad de comunicar con precisión lo que uno piensa. —¿De veras lo crees? —Sí, lo creo.
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Eso es algo que odio de veras. Hay pocas cosas que odie más que cuando la gente te ve solo y reacciona como si eso constituyese un problema para ellos.
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Supe que la única razón por la que quería que fuese a sentarme a su mesa era que deseaba hacerle un favor a alguien. Que yo estuviera solo le molestaba. Como la irritación que te causan los pasajeros que viajan de pie en el metro mientras tú estás sentado, como si estuvieran de pie solo para hacerte sentir mal. A veces incluso hay algunos asientos disponibles, mitades de asiento entre hombretones con las piernas separadas, pero no se sientan, siguen de pie delante de ti y parecen exhaustos y abatidos y hacen que te sientas fatal por ir sentado. Y yo sabía que Nareem solo quería que me sentara a su mesa porque mi soledad ofendía a la vista y le impedía disfrutar del espectáculo. 
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Y de todos modos lo hice. Es lo terrible de tener una adicción. Incluso cuando estás haciendo eso que tanto te gusta, sabes que está mal, sabes que eres débil y sabes que probablemente te estás arruinando la vida.
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El hecho de mirarlos desde lo alto de la escalera me entristeció y creo que la causa fue el excesivo encanto de la escena: la noche de verano, las sandalias, sus rostros embelesados, con un júbilo momentáneamente contenido. Tuve la sensación de que había sido testigo de su momento de mayor felicidad, el pináculo, y que ya se estaban alejando de él, pero no lo sabían.
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Recuerdo que le pregunté a mi padre qué le pasaba a aquel hombre y respondió que no le pasaba nada, que actuaba así porque era un tiburón y me dijo que en ciertos empleos tenías que ser un tiburón, que todo el mundo lo comprendía y por ello resultaba aceptable. Le pregunté a mi padre si él era un tiburón y dijo que no, él era más bien como un buitre, dejaba que otros animales hicieran la carnicería y él se alimentaba de los restos. Esas revelaciones me turbaron mucho y quise preguntarle si había trabajos para corderos y conejos, pero algo en mi interior me dijo que no debía hacerle esa pregunta.
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...pero lo que no sabía era que la historia de la mujer desaparecida de aquel modo no me entristecía, no consideraba trágico que hubiera abandonado el mundo sin llamar la atención. Me parecía hermoso. Morir así, desaparecer sin rastro, hundirte sin turbar la superficie del agua, sin que ni siquiera saliera a la superficie una burbuja reveladora, como abandonar sigilosamente una fiesta de modo que nadie repare en que te has ido.
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Me dije: «Basta con que haya pensado eso, no es necesario que lo diga. No tengo necesidad de compartirlo. La mayoría de la gente cree que las cosas no son reales si no se expresan verbalmente, y que es el acto de expresarlas y no el de pensarlas lo que las legitima. Supongo que por ese motivo uno siempre quiere que otro le diga “te quiero”. Yo pienso lo contrario, que los pensamientos son más reales cuando se piensan, que expresarlos los distorsiona o diluye, que es mejor que permanezcan en la oscura capilla de aeropuerto de tu mente, donde el clima está controlado, que si los sueltas y les da el aire y la luz se alterarán, como una película fotográfica expuesta por accidente».
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Sabía que ella probablemente creía que era bueno para mí, una de esas llamadas experiencias educativas. El problema es que nunca aprendo nada de las experiencias educativas. De hecho, me esfuerzo especialmente por no aprender de las experiencias educativas, signifiquen lo que signifiquen, porque no se me ocurre nada más espantoso que ser una persona de carácter formado por experiencias educativas.
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...todo el mundo corría y empujaba para tomar sus trenes e irse de la ciudad. Era como una evacuación masiva del día del fin del mundo, todos huyendo de una desdichada vida a otra. Te dabas cuenta de que detestaban sus vidas de oficina, pero no parecían impacientes por reunirse con sus mujeres y sus hijos mimados, o con nadie, si vivían solos. El viaje en tren era un pequeño paréntesis entre dos partes de sus vidas durante el que podían ser ellos mismos, sin jefe, sin esposa, sin colegas, sin hijos.
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Es extraño entrar en contacto con alguien de ese modo y seguir caminando sin detenerte. No lo entiendo. Y es raro porque pese a que soy antisocial, cuando entro en contacto con un desconocido, aunque no sea más que intercambiar una sonrisa o estrecharle la mano, lo cual puede que no sea realmente entrar en contacto, aunque sí que lo es para mí, tengo la sensación de que no podemos seguir cada uno por su lado como si nada hubiese ocurrido. Por ejemplo, el chico mexicano que cortaba el césped en Hartsdale, ¿cómo había llegado allí, dónde vivía, qué pensaba? Es como si su vida fuera una pirámide, un iceberg, y yo solo viese la punta, la minúscula punta, pero el resto se extendiera por debajo, más y más, toda su vida bajo de él, dentro de él, todo lo que le había sucedido, todo acumulándose para converger en el momento, en el instante en que me sonrió. Pensé en la señora que se había sentado junto a mí en el tren y leía la Biblia. ¿Dónde estaba ahora? ¿En su casa? Sé que no debía haber bajado del tren en Woodlawn y seguirla hasta su casa, pero ¿y si lo hubiera hecho?, ¿y si estuviera destinada a ser o hubiera podido ser alguien importante en mi vida? Creo que eso es lo que me asusta: el carácter azaroso de todo. Que las personas que podrían ser importantes para ti pasen por tu lado y desaparezcan. O que pases por su lado y las dejes atrás. ¿Cómo podrías saberlo? ¿Debería volver sobre mis pasos y hablar con el chico mexicano? Tal vez estuviera solo como yo, quizá leyera a Denton Welch. Tenía la sensación de que al pasar de largo lo había abandonado, que me pasaba la vida, un día tras otro, abandonando a la gente. Sé que es estúpido sentirlo así y no tratar nunca de relacionarme con la gente, pero empiezo a pensar que la vida está llena de esas trágicas incongruencias.
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Tal vez se debiese al whisky de centeno, que ya había apurado, pero de repente me sentía reconfortado y feliz. Seguía creyendo que todo estaba mal, pero no me importaba. Como si me contemplase a mí mismo desde la luna y viese lo minúsculo que era y lo minúsculos y estúpidos que eran mis problemas.
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viernes, 25 de marzo de 2016

Fragmentos de: Los renglones torcidos de dios de Torcuato Luca De Tena




Toda la terapia que le aplicarían sería repetir —ignoraba con qué frecuencia— sus gratísimas conversaciones con el doctor del pelo blanco, los lentes de oro y el corazón probablemente de lo mismo.
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—Es una pena que no hable usted —le dijo con sorna—, pues estoy segura de que su conversación sería muy amena. El hombre enarcó las cejas como si asintiera: "En efecto, mi conversación sería amenísima. ¡Pero ya ve usted lo que son las cosas!", parecía indicar.
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—¡Tengo miedo de pensar! —¡Pues no piense! ¡Es así de fácil! ¡Los que piensan, enloquecen! ¡Yo no pienso nunca! Por eso estoy sana. ¿Quiere una pastilla para dormir? 

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¡Ah, qué terrible es el sino de los pobres locos, esos "renglones torcidos", esos yerros, esas faltas de ortografía del Creador, como los llamaba "el Autor de la Teoría de los Nueve Universos", ignorante de que él era uno de los más torcidos de todos los renglones de la caligrafía divina!

jueves, 24 de marzo de 2016

Fragmentos de: Lo opuesto al amor de Julie Buxbaum




Estamos actuando bajo el influjo de un engaño cultural colectivo, aquel que exige un vínculo azaroso al acercarse a los treinta, un encadenarse a cualquiera que caiga a tu lado durante un particular juego de la silla musical. Esta es la única manera que tengo de poder explicarlo.
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La primera vez que Andrew se rió mientras dormía, debería haberlo despertado y haber roto con él en el acto. Nadie merece ser tan feliz. Aunque, en vez de eso, acurrucaba mi cuerpo junto al suyo, pegaba mi tripa tensa contra su espalda y absorbía las vibraciones. Había confiado en que, fuera lo que fuese lo que lo hacía tan libre, tan puro, fuera contagioso. No lo era.
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—Oye, Ruth, ¿cómo decidiste quién querías ser? —le pregunto, aunque eso no es exactamente lo que quiero saber. Lo que de verdad deseo preguntar, pero no lo hago, es cuándo me convertiré en quien se supone que tengo que ser. —Todavía no he resuelto quién quiero ser, querida —dice Ruth, contestando a mis dos preguntas, y lanza la cabeza hacia atrás en una carcajada sonora y desinhibida—. No te lo digo de broma. Todavía no lo he resuelto. Pero no se lo digas a mis hijas. Les miento todos los días. Les digo que lo resolverán con el tiempo; que sigan haciendo lo que están haciendo. Pero deja que te cuente un pequeño secreto, porque creo que eres capaz de entenderlo. —Se inclina para susurrarme al oído—: Todos los padres mienten a sus hijos. Es nuestro deber. Pero lo cierto es que no creo que muchos sepamos lo que estamos haciendo. La mayor parte del tiempo actuamos envueltos en la confusión y muy solos.
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Sentada aquí, dentro de los pantalones de mi pijama a rayas, comiendo tostadas y mermelada con los dedos pringosos y sacudiéndome las migas adheridas a mi pecho enfundado en una sudadera, me siento angustiada. Esto es algo que hace sólo una semana me habría parecido divertido y novedoso, algo que solía hacer hace mucho, pero hoy se me antoja patético. ¿Qué pasa ahora?, me pregunto. ¿Me quedo aquí sentada todo el día y rezo para que me salga alguna especie de maratón en un reality show? Me prometí concederme dos semanas de descanso antes de empezar a buscar un nuevo empleo. La idea era darme la oportunidad de aclararme las ideas. Pero ahora que es el lunes por la mañana, y que me he levantado y no he ido al trabajo, y que los únicos programas de la televisión son culebrones y las noticias locales, y que todos mis amigos están ocupados en sus trabajos, no tengo ni idea de qué coño significa realmente «aclararme las ideas».
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—Pero no me estás escuchando. Se ha acabado todo. Voy a envejecer sola y a tener tropecientos gatos. No soy una heroína. Soy una perdedora. —Ahora, Kate empieza a llorar, sollozando con fuerza entre los pañuelos de papel. —No, eres mi jodida heroína. Porque eres valiente. En realidad, tienes el valor de ir detrás de lo que quieres. No sientas la cabeza sólo porque el resto del mundo dice que lo hagas. ¿Sabes que poca gente puede decir de verdad que vive de acuerdo con sus propias normas? Los demás nos limitamos a deambular por ahí, llenos de miedo permanentemente, y hacemos las cosas porque asumimos que no tenemos otra elección.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Fragmentos de: El Testamento - John Grishan






He ganado hasta el último centavo de la fortuna que poseo con mi sudor, mi inteligencia y mi buena suerte. Debería tener también el derecho de regalar todo ese dinero a quien me diera la gana, pero me persiguen. ¿Por qué debería preocuparme por quién recibe el dinero? He hecho con él todo lo imaginable. Sentado aquí en mi silla de ruedas, esperando solo, no se me ocurre ni una sola cosa que quiera comprar o ver, ni un solo lugar a donde quiera ir ni otra aventura a la que quiera lanzarme. Lo he hecho todo y estoy muy cansado. No me interesa quién reciba el dinero; pero me interesa mucho quién no lo reciba.
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—No nos engañemos; el señor Phelan sabe exactamente lo que hace. Su mente es mucho más rápida que la nuestra. Vaya, hombre, muchas gracias. Eso significa mucho para mí. Sois unos pobres psiquiatras que ganáis con gran esfuerzo cien mil dólares al año. Yo he ganado miles de millones y, sin embargo, vosotros me dais palmaditas en la cabeza y me decís que soy muy listo.
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No había asientos de primera en el vuelo a Campo Grande y no había ninguno vacío. Nate se llevó una grata sorpresa al ver que todos los viajeros estaban muy concentrados en la lectura de los periódicos de la mañana, muy variados, por cierto. Los diarios eran tan vistosos y modernos como cualquiera de los que había en Estados Unidos, y quienes los leían parecían verdaderamente ávidos de noticias. A lo mejor, Brasil no era un país tan atrasado como él pensaba. ¡Aquella gente sabía leer!
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Cuando se acercaron a la zona comercial, se produjo un atasco. El taxista murmuró algo por lo bajo, pero no pareció molestarse demasiado. El mismo taxista en Nueva York o en el distrito de Columbia habría estado a punto de cometer un acto de violencia. Pero aquello era Brasil y Brasil estaba en América del Sur. Los relojes funcionaban más despacio. Nada era urgente.
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—Pero es que usted adora el dinero, Nate. Forma parte de una cultura en la que todo se mide con el dinero. Es una religión. —Cierto. Aunque el sexo también es muy importante. —De acuerdo, el dinero y el sexo. ¿Qué más? —La fama. Todo el mundo quiere ser famoso. —Es una cultura muy triste. La gente vive en un estado de frenesí permanente. Trabaja sin descanso para ganar dinero con que comprarse cosas para impresionar a los demás. Se la mide por lo que tiene.
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De pronto, mientras escuchaba la música, se sintió desconcertado. No era posible que Dios estuviese llamándolo. Él era Nate O'Riley, un borracho, drogadicto, mujeriego, mal padre, peor marido, abogado codicioso, defraudador de impuestos… La lista era interminable. Estaba mareado. Cesó la música y el joven se dispuso a entonar otra canción. Nate abandonó precipitadamente la capilla. Al doblaruna esquina, volvió la cabeza no sólo con la esperanza de ver a Rachel, sino también para cerciorarse de que Dios no había enviado a nadie tras él.