domingo, 27 de marzo de 2016

Fragmentos de: Apropiación indebida - Lena Andersson


 El día en que descubrió el lenguaje y las ideas, dándose cuenta así de cuál era su misión en la vida, renunció a llevar una existencia costosa: comía barato, no descuidaba en ningún momento los métodos anticonceptivos, viajaba sin incurrir en demasiados gastos, no contraía deudas con bancos ni con personas particulares, y evitaba situaciones que pudieran alejarla de aquello a lo que quería dedicar su tiempo: leer, pensar, escribir y conversar.
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—Porque estás enamorada de Hugo Rask y por tanto te atreverás a hacerle preguntas que a nadie más se le ocurrirían. —¿Qué te hace creer algo así? —¿Creer qué? —Que eso te hace plantear preguntas más atrevidas. Pensaba que era al revés, que el enamoramiento te despojaba del juicio y del sentido crítico. —Del juicio sí, desde luego, pero no del sentido crítico. Creo más bien que uno se vuelve más severo; pues si el amado resulta ser una persona lastimosa, contradictoria y débil, eso solo hace que lo ames aún más.
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A la persona que quiere marcharse la asalta una resistencia, un temor a lo desconocido, a las complicaciones que entraña y la posibilidad de arrepentirse. El que se niega a ser abandonado ha de explotar esa renuencia, pero para ello debe refrenar las ansias de certidumbre y sinceridad. El asunto debe permanecer sin formularse. El que no quiere que lo abandonen debe dejar que sea el que ansía irse quien decrete el cambio: únicamente de esa manera es posible conservar a una persona con ganas de escapar. De ahí el vasto silencio intrarrelacional que reina en el mundo.
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Lo que pasaba era que odiaba el tedio, siempre lo había odiado; prefería atormentarse a aburrirse, la soledad a estar con un grupo de gente charlando de banalidades. No porque la gente que se distraía con la conversación intrascendente le cayera mal, sino porque le robaba demasiada energía. La charla social era algo que la dejaba exhausta.
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Siempre existen motivos para lo que la gente hace y deja de hacer, pensaba. La pasividad de Hugo debía de tener una causa. Si hubiera deseado pasar más tiempo con ella, ya lo habría hecho. Como estaba hundida en un viscoso cenagal en el que, por mucho que chapoteara de un lado para otro, no llegaba a ninguna parte, las posibilidades de escapatoria eran nulas. Guardaba recuerdos borrosos de una vida reciente en la que se había dedicado a algo más que sus sentimientos, en la que se había interesado por el mundo exterior, había intentado aprender cosas y había sentido la alegría de vivir. Ahora se consagraba exclusivamente a tratar de entender si él quería algo con ella o no.
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Su vida emocional se hallaba ya transida de la insatisfacción inherente al crecimiento de las expectativas. La única ventaja de ello es que la decepción, después de algún tiempo, puede pasar a decantarse hacia otra ley natural: la alegría que se produce ante el detalle más mínimo cuando las expectativas decrecen.
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Habían dejado de hablar en el momento en que sus cuerpos habían empezado a hacerlo. El amor necesita palabras. Por un breve tiempo se puede tener fe en el sentimiento no expresado verbalmente; pero a la larga no existirá el amor sin palabras, como tampoco existirá solo con palabras y nada más.
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La atmósfera siguió cargada todo el día, y él no llamó. Ella tampoco, pero su silencio significaba algo muy distinto, pues él decidía, él tenía el poder. No había prueba de que así fuera, pero tampoco duda alguna. El que frena siempre manda. El que menos voluntad muestra, más poder ostenta.
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No debía cantar derrota antes de tiempo. Decidió que, cuando se vieran esa noche, se mostraría contenta y entusiasta para no dejar traslucir su decepción ni una actitud acusatoria: no debía manifestar nada de todo lo que la consumía por dentro.
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Pensaba en sus debilidades como artista. Se lo consideraba creador de una gran poesía visual, pero aunque había partes de su obra que le parecían interesantes y originales, las deficiencias de esta también eran sus propios defectos como persona. No se atrevía a entrar en su dolor, y por tanto, tampoco en el de los demás. No sabía lo que era el dolor. Lo contemplaba desde fuera pero no lo sentía, y por eso no conseguía ahondar en la descripción del hombre en la medida que su sed de grandeza requería.
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Las personas que optan por mantener una considerable distancia respecto a los demás suelen ser amables. Tienen gestos de amabilidad. Les interesa muy poco la vida de los otros, y en ese sentido practicar la amabilidad no cuesta ni compromete a nada, es preferible a la malicia, que solo acarrea molestias y fastidio. Los gestos amables, en cambio, posibilitan que a uno lo dejen en paz.
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Por las noches se reunía con su amistad afincada en París. Salían a cenar, pero la amiga, no versada en el mal de amores, pensaba que la tristeza no podía ser tan grave si durante la velada, en alguna ocasión, la persona triste se reía. Nadie con una seria congoja vital era capaz de reír, concluía la interlocutora,
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—¿Crees que es posible? —resolló —. ¿Crees que puede ocurrir que un día se plante en mi casa, arrepentido? —Todo es posible, pero no debes pensar en ello —respondió el coro. Consejo que nacía muerto por impracticable. La existencia de una mínima posibilidad, por remota que fuera, de que un día sucediera tal cosa haría que Ester no pudiera pensar en nada más, y la condenaría a vivir encerrada en un paréntesis hasta que ese día llegara.
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—Eso de que se debe contar todo y ser honesto y transparente no es más que una convención —objetó Hugo—. Una carga totalitaria y asfixiante, una restricción de libertad que nos endosamos el uno al otro. Exigir a una persona con la que hemos tenido contacto físico que renuncie desde ese momento a todo lo demás constituye un acto de tiranía. Conminarla a que a partir de entonces nunca más se guarde nada para sí no solo es pequeñoburgués, sino que indica una total falta de respeto por la libertad individual que tú te precias tanto de valorar.
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—Voy a pasar por la tienda a comprar unas botellas de vino. Ven conmigo. Ella pensó: «Ahora es el momento de decir no y marcharme en otra dirección con la cabeza bien alta». Ella pensó: «Ahora es el momento de salir corriendo sin mirar atrás». Ella lo acompañó a Systembolaget a comprar vino.
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Lo que a ella se le escapaba era que, aunque su visión de las cosas fuera la más razonable, no era percibida como tal, sino solo como una manifestación de una rectitud demasiado rígida. Una rectitud que genera vergüenza, que incita a la mentira. La gente miente para ser libre. La gente miente si sabe que no la van a dejar en paz en caso de que diga la verdad. La gente miente cuando otros se arrogan el derecho de ponerla contra las cuerdas en nombre de la verdad. La mentira como vía de escape frente a la impecable rectitud se convierte en un acto de resistencia contra una moralidad con pretensiones totalitarias.
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Siguiendo la sugerencia de un amigo, se puso a leer la correspondencia de Mayakovski con Lili Brik, lo que le sirvió para comprobar que todo el mundo amaba y lloraba de la misma manera y por razones similares; todo el mundo traicionaba y era traicionado de la misma manera y por razones similares, y todo el mundo pensaba que nadie jamás había amado tanto o sufrido tanto dolor. Todo el mundo tenía la misma manera de ser único.
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Con él no se había sentido incómoda nunca, no había tenido que actuar ni fingir. En una ocasión él le había confesado que con nadie había hablado como con ella. Y es que hablar era el afrodisíaco de Ester, el único que conocía y dominaba. Hablando podía seducir a cualquiera que compartiera su gusto por la conversación y el intercambio de ideas.
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Esa constante necesidad de hablar que tiene el rechazado. Esa constante necesidad de hablar. El que rechaza nunca experimenta esa necesidad. Ella debía saber mejor que nadie que el que abandona no siente dolor, el que abandona no necesita hablar porque para él no hay nada de que hablar. El que abandona ha terminado. Ahí radica el gran dolor. Es la persona abandonada la que siente la necesidad de hablar sin parar en un intento de hacer ver al otro su error, de demostrarle que, si aprehendiera la verdadera naturaleza de las cosas, su elección sería distinta y la amaría a ella.
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