sábado, 30 de junio de 2012

Fragmentos Nacidos de la Bruma 3: El Héroe de las Eras (Brandon Sanderson)

El antiguo Elend era un hombre a quien muchos ignoraban fácilmente: un genio que tenía ideas maravillosas, pero poca habilidad para el liderazgo. Con todo, ella echaba en falta algo de todo aquello. El sencillo idealismo. Elend seguía siendo un optimista, y seguía siendo un estudioso, pero ambos atributos parecían atemperados por lo que había tenido que soportar.
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—¡Oh, venga ya! Tienes que admitir que no eres corriente, Vin. Eres una extraña mezcla de noble, pícara callejera y gata. Además, en nuestros tres breves años juntos, has conseguido matar no sólo a mi dios, sino a mi padre, mi hermano y mi prometida. Es como una especie de saña homicida. Una extraña base para nuestra relación, ¿no?
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—¿Puedes reunir a diez hombres? —preguntó—. ¿Amigos tuyos, dispuestos a formar parte de un trabajo nocturno? —¡Claro! Creo que sí. ¿Tiene que ver con salvar a Mailey? —¡No! —respondió Fantasma—. Tiene que ver con tu pago por salvar a Mailey.
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Suspiró, sacudiendo la cabeza. ¿Quién era él para confiar en sus propios instintos sobre las brumas y no en los de Vin? Ella tenía los instintos de toda una vida de luchar por sobrevivir. ¿Qué tenía Elend? ¿Instintos nacidos de toda una vida de bailes y fiestas?
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—Un hombre es aquello por lo que siente pasión. He descubierto que, si renuncias a lo que más quieres por lo que piensas que deberías querer más, acabarás sintiéndote inútil.
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—¿Cómo son? —preguntó—. He oído muchas historias. ¡Dicen que el emperador Venture siempre viste de blanco, y que la ceniza se niega a ensuciarlo! Puede derrotar a un ejército con sólo mirarlo. Y su esposa, la heredera del Superviviente. Nacida de la bruma...
Fantasma sonrió:
             —Elend es un estudioso olvidadizo... aún peor que Sazed. Se pierde en sus libros y se olvida de las reuniones que él mismo ha convocado. Sólo se viste más o menos a la moda porque una mujer terrisana le compró un guardarropa nuevo. La guerra lo ha cambiado algo, aunque por dentro creo que sigue siendo un soñador atrapado en un mundo con demasiada violencia.
             »Y Vin... bueno, ella sí que es distinta. Nunca he estado seguro de cómo interpretarla. A veces, parece frágil como una niña. Y luego, va y mata a un inquisidor. Puede ser fascinante y aterradora al mismo tiempo.
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—Vin, Vin. ¿Por qué no puedes verlo? Esto no es cosa del bien y del mal. La moralidad no tiene nada que ver en esto. Los hombres buenos matan con la misma rapidez que los malos por lo que quieren... sólo que lo que quieren es diferente. Vin guardó silencio.
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Era mucho más fácil para Ruina controlar a gente apasionada e impulsiva que a gente lógica con tendencia a sopesar sus acciones.
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Creamos cosas para verlas crecer, Ruina, dijo. Para sentir placer al ver que lo que amamos se vuelve más de lo que era antes. Dijiste que eras invencible, que todas las cosas se destruyen. Todas las cosas son tuyas. Pero hay cosas que luchan contra ti... y lo irónico es que ni siquiera puedes comprenderlas. Amor. Vida. Crecimiento. La vida de una persona es más que el caos de su muerte. Emoción, Ruina. Ésta es tu derrota.
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Creaste aquello que podía matarte, Ruina, dijo Vin. Y cometiste un último gran error. No deberías haber matado a Elend. Verás, él era el único motivo que yo tenía para vivir.

Fragmentos Nacidos de la Bruma 2: El Pozo de la Ascensión (Brandon Sanderson)

Esto era más personal. Sazed apartó la mirada, pensando en Vin y en su juramento a Kelsier de que la protegería. Necesita poca protección ahora, pensó. Se ha vuelto más diestra en la alomancia que el propio Kelsier. Y sin embargo, Sazed sabía que había modos de protección que no tenían nada que ver con combatir. Estas cosas (apoyo, consuelo, amabilidad) eran vitales para todo el mundo, y especialmente para Vin.
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—Arrogancia, Majestad —dijo Tindwyl—. Los líderes de éxito comparten una tendencia común: creen que pueden hacer mejor el trabajo que nadie. La humildad está bien cuando consideras tu responsabilidad y tu deber, pero cuando llega el momento de tomar una decisión, no debes cuestionarte a ti mismo.
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—No seas tan dura con la chica. Es producto de su educación, igual que tú. Si la juzgas por sus frivolidades, entonces estás haciendo lo mismo que aquellos que te juzgan basándose en la sencillez de tu ropa.
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—Kelsier. Nos dio una ciudad, nos hizo creer que somos responsables de su protección. —Pero nosotros no somos de esa clase de gente —dijo Brisa—. Somos ladrones y timadores. No debería importarnos. Quiero decir… ¡He llegado al punto de aplacar a las fregonas para que sean más felices trabajando! Bien podría empezar a vestirme de rosa e ir por ahí repartiendo flores.
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—Los hombres sobre los que leí, Sazed, no eran hombres que se sentaran a planear la mejor manera de esconderse. Lucharon, buscaron la victoria. A veces fueron intrépidos... y otros hombres los llamaron locos. Sin embargo, al final, fueron esos hombres los que cambiaron las cosas.
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Pero ¿no debe incluso un loco confiar en su propia, mente, su propia experiencia, en vez de en la de los demás.
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—No desprecies la fe de alguien simplemente porque tú no la compartas, Lord Cladent —dijo Sazed sin alterarse.

Fragmentos de Nacidos de la Bruma 1: El Imperio Final (Brandon Sanderson)

—Sí —dijo Kelsier—, probablemente lo mejor sea que evites a Venture por completo. Intenta ofenderlo o algo. Dirígele un par de esas miradas tuyas. Vin miró a Kelsier. —¡Ésa, esa misma mirada! —dijo Kelsier con una carcajada.
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—¿Te he mentido alguna vez? —Los mejores mentirosos son aquellos que dicen la verdad la mayor parte de las veces.
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—Sí, conservo esa flor —dijo Kelsier—. En realidad no estoy seguro de por qué. Pero... ¿dejas de amar a alguien porque te traiciona? No lo creo. Eso es lo que hace que la traición duela tanto: el dolor, la frustración, la furia... y yo seguía amándola. Y la amo todavía.
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Hombres más jóvenes que él han conducido soldados a la batalla, pensó Kelsier. Que yo fuera un cretino cuando tenía su edad no significa que todo el mundo lo sea. Mira a la pobre Vin: apenas dieciséis años y ya rivaliza con Marsh en seriedad.
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Tal vez debería prestar un poco más de atención a este tipo de cosas, pensó Elend. Valette soporta mi pelo tal como es, pero ¿le gustaría más si me lo cuidara?
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Ése no es el tema. Jastes, nos engañó. Si no podemos ver la diferencia entre una skaa y una noble, eso significa que los skaa no pueden ser muy diferentes de nosotros. Y si no son tan diferentes de nosotros, ¿qué derecho tenemos a tratarlos como los tratamos?
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Ella le puso una mano en el hombro para tratar de consolarlo. Veo cosas... Una declaración apropiada, viniendo de un ojo de estaño como él.
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—La fe no es sólo para los bellos momentos y los días felices. ¿Qué es la fe, qué es creer, si no continúas en ella después del fracaso? Vin frunció el ceño. —Cualquiera puede creer en alguien, o en algo, que siempre tiene éxito, señora. Pero en el fracaso... Ah, en eso sí que es difícil creer, con certeza y confianza. Es muy difícil tener valor.
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Cada vez que veo su tranquila luz amarilla asomar por el horizonte siento un poco más de determinación, un poco más de esperanza. En cierto modo, el sol es lo que me ha mantenido en marcha todo este tiempo.
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¿Hay algo más hermoso que el sol? A menudo lo contemplo al salir, pues mi sueño inquieto suele despertarme antes del alba.

Fragmentos de "El Juego del Ángel" - Carlos Ruiz Zafón

Cuanto había aprendido en la guerra era a matar a otros hombres como él antes de que ellos le matasen, siempre en nombre de causas grandiosas y huecas que se revelaban más absurdas y viles cuanto más cerca del combate se estaba.
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-¿He hecho algo para ofenderla? -pregunté. -No. -¿Podemos entonces intentar fingir que somos amigos, al menos para ocasiones como ésta? -Yo no quiero ser amiga suya, David. -¿Por qué no? -Porque usted tampoco quiere ser mi amigo. Tenía razón, no quería ser su amigo.
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-No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme.
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-Tenga. Esto lo cura todo, menos la tontería, que es una pandemia en alza.
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-Un intelectual es habitualmente alguien que no se distingue precisamente por su intelecto -dictaminó Corelli-. Se atribuye a sí mismo ese calificativo para cornpensar la impotencia natural que intuye en sus capacidades. Es aquello tan viejo y tan cierto del dime de qué alardeas y te diré de qué careces. Es el pan de cada día. El incompetente siempre se presenta a sí mismo como experto, el cruel como piadoso, el pecador como santurrón, el usurero como benefactor, el mezquino como patriota, el arrogante como humilde, el vulgar como elegante y el bobalicón como intelectual. De nuevo, todo obra de la naturaleza, que lejos de ser la sílfide a la que cantan los poetas es una madre cruel y voraz que necesita alimentarse de las criaturas que va pariendo para seguir viva.
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-El nuestro es un acuerdo de honor. El suyo y el mío. Y ya ha sido sellado. Un acuerdo de honor no se puede romper porque rompe a quien lo ha suscrito -dijo Corelli con un tono que me hizo pensar que hubiera sido preferible firmar un papel aunque fuese con sangre-. ¿Alguna duda?
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Las buenas palabras son bondades vanas que no exigen sacrificio alguno y se agradecen más que las bondades de hecho.
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-Es posible creer en cualquier cosa, Martín, en el libre mercado o en el ratoncito Pérez. Incluso creer que no creemos en nada, como hace usted, que es la mayor de las credulidades. ¿Tengo razón?
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