sábado, 26 de marzo de 2016

Fragmentos de: Algún día este dolor te será útil - Peter Cameron

 

Únicamente me siento a mis anchas cuando estoy solo. Relacionarme con los demás no es algo natural para mí sino que me tensa y me exige un esfuerzo y, como no lo vivo de una manera natural, cuando hago ese esfuerzo no tengo la sensación de ser yo mismo. Me siento bastante cómodo con mi familia, pero incluso con ellos a veces noto la tensión de no estar a solas.
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—Me resulta difícil explicar por qué no quiero ir. Lo único que puedo decir es que la idea de ir no me atrae nada. No quiero vivir en ese entorno social. Durante toda mi vida he estado con gente de mi edad y ni me gusta ni tengo mucho en común con ellos. Creo que todo cuanto quiero saber lo aprenderé leyendo libros: al fin y al cabo, eso es lo que haces básicamente en la universidad y yo puedo hacerlo por mi cuenta y no dedicar tanto dinero a algo en lo que no creo y no necesito. Con ese dinero podría hacer cosas mejores que ir a la universidad. —¿Por ejemplo? —me preguntó mi abuela. No le respondí porque de repente, durante uno o dos segundos, vi con claridad que no querer ir a la universidad se debía en parte al deseo de no avanzar, pues me encantaba estar donde me encontraba en aquellos momentos, un deseo inequívoco y profundo: allí sentado, en la cocina de mi abuela, tomando café recién hecho en una taza de porcelana y no en un vaso de papel con una tapa de plástico perforada, sentado en la cocina perfectamente ordenada y con la puerta trasera abierta para que penetrara en la casa un poco de brisa, el reloj eléctrico encima del fregadero zumbando imperceptiblemente día y noche y el suelo de linóleo desgastado de tantos años de fregar y refregar y tan suave como gamuza, mi abuela sentada delante de mí con un vestido que probablemente se compró hace cuarenta años y que se ha puesto un millar de veces desde entonces, escuchándome, aceptándome, al parecer, como nadie más lo hace y, en el exterior, el tranquilo sábado de verano, el mundo a nuestro alrededor aún no violado del todo por la estupidez, la intolerancia y el odio.
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—¿Y qué harías en esa casa? —Leería. Leería mucho, todos los libros que quisiera leer pero no he podido por ir al colegio, y encontraría algún trabajo, en una biblioteca o como portero nocturno o algo por el estilo, y aprendería un oficio, de encuadernador de libros o tejedor o carpintero, y haría cosas, cosas bonitas, y cuidaría de la casa, el jardín y el patio. La idea de ser bibliotecario me atraía mucho: trabajar en un sitio donde la gente tenía que susurrar y solo hablaba cuando era necesario. ¡Ojalá el mundo fuese así!
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—No, no he leído a Proust. ¿Algún problema? —No, solo era por curiosidad. Tampoco yo he leído a Proust. Alguien me dijo que no lo hiciera hasta que me hubiera enamorado y desenamorado. (En realidad era John Webster quien me había dicho eso. Yo había tenido la intención de pasarme todo el verano leyendo À la recherche du temps perdu, pero el primer día que llevé Por el camino de Swann a la galería, él me lo quitó de las manos y me dijo que era un crimen que leyese a Proust a mi edad. Me hizo prometer que no lo leería hasta que hubiese encontrado y perdido el amor. He de admitir que me sentí aliviado, porque me había parecido un hueso duro de roer, aunque solo llevaba leídas unas treinta páginas.)
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—Pareces absorto. ¿En qué estás pensando? —En nada —respondí. La mueca que ella hizo indicaba lo poco convincente que le parecía mi respuesta—. A veces me molesta tener que expresar mis pensamientos —añadí—. Estaba pensando en eso. —¿Y a qué se debe esa molestia? —No lo sé. Es que los pensamientos me pertenecen. La gente no va por ahí compartiendo su sangre o lo que sea. No veo por qué siempre se espera de nosotros que compartamos una parte tan íntima de nuestro ser. —La gente dona sangre —observó ella. —Sí, pero no sin parar y además solo un poco. Una vez al año, por ejemplo. —¿Me estás diciendo entonces que solo deberías compartir un poco tus pensamientos, una vez al año? —No, claro que no, no digo eso —respondí—. Y si cree usted sinceramente que eso es lo que he dicho, demuestra mi creencia de que hablar es ridículo por la imposibilidad de comunicar con precisión lo que uno piensa. —¿De veras lo crees? —Sí, lo creo.
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Eso es algo que odio de veras. Hay pocas cosas que odie más que cuando la gente te ve solo y reacciona como si eso constituyese un problema para ellos.
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Supe que la única razón por la que quería que fuese a sentarme a su mesa era que deseaba hacerle un favor a alguien. Que yo estuviera solo le molestaba. Como la irritación que te causan los pasajeros que viajan de pie en el metro mientras tú estás sentado, como si estuvieran de pie solo para hacerte sentir mal. A veces incluso hay algunos asientos disponibles, mitades de asiento entre hombretones con las piernas separadas, pero no se sientan, siguen de pie delante de ti y parecen exhaustos y abatidos y hacen que te sientas fatal por ir sentado. Y yo sabía que Nareem solo quería que me sentara a su mesa porque mi soledad ofendía a la vista y le impedía disfrutar del espectáculo. 
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Y de todos modos lo hice. Es lo terrible de tener una adicción. Incluso cuando estás haciendo eso que tanto te gusta, sabes que está mal, sabes que eres débil y sabes que probablemente te estás arruinando la vida.
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El hecho de mirarlos desde lo alto de la escalera me entristeció y creo que la causa fue el excesivo encanto de la escena: la noche de verano, las sandalias, sus rostros embelesados, con un júbilo momentáneamente contenido. Tuve la sensación de que había sido testigo de su momento de mayor felicidad, el pináculo, y que ya se estaban alejando de él, pero no lo sabían.
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Recuerdo que le pregunté a mi padre qué le pasaba a aquel hombre y respondió que no le pasaba nada, que actuaba así porque era un tiburón y me dijo que en ciertos empleos tenías que ser un tiburón, que todo el mundo lo comprendía y por ello resultaba aceptable. Le pregunté a mi padre si él era un tiburón y dijo que no, él era más bien como un buitre, dejaba que otros animales hicieran la carnicería y él se alimentaba de los restos. Esas revelaciones me turbaron mucho y quise preguntarle si había trabajos para corderos y conejos, pero algo en mi interior me dijo que no debía hacerle esa pregunta.
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...pero lo que no sabía era que la historia de la mujer desaparecida de aquel modo no me entristecía, no consideraba trágico que hubiera abandonado el mundo sin llamar la atención. Me parecía hermoso. Morir así, desaparecer sin rastro, hundirte sin turbar la superficie del agua, sin que ni siquiera saliera a la superficie una burbuja reveladora, como abandonar sigilosamente una fiesta de modo que nadie repare en que te has ido.
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Me dije: «Basta con que haya pensado eso, no es necesario que lo diga. No tengo necesidad de compartirlo. La mayoría de la gente cree que las cosas no son reales si no se expresan verbalmente, y que es el acto de expresarlas y no el de pensarlas lo que las legitima. Supongo que por ese motivo uno siempre quiere que otro le diga “te quiero”. Yo pienso lo contrario, que los pensamientos son más reales cuando se piensan, que expresarlos los distorsiona o diluye, que es mejor que permanezcan en la oscura capilla de aeropuerto de tu mente, donde el clima está controlado, que si los sueltas y les da el aire y la luz se alterarán, como una película fotográfica expuesta por accidente».
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Sabía que ella probablemente creía que era bueno para mí, una de esas llamadas experiencias educativas. El problema es que nunca aprendo nada de las experiencias educativas. De hecho, me esfuerzo especialmente por no aprender de las experiencias educativas, signifiquen lo que signifiquen, porque no se me ocurre nada más espantoso que ser una persona de carácter formado por experiencias educativas.
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...todo el mundo corría y empujaba para tomar sus trenes e irse de la ciudad. Era como una evacuación masiva del día del fin del mundo, todos huyendo de una desdichada vida a otra. Te dabas cuenta de que detestaban sus vidas de oficina, pero no parecían impacientes por reunirse con sus mujeres y sus hijos mimados, o con nadie, si vivían solos. El viaje en tren era un pequeño paréntesis entre dos partes de sus vidas durante el que podían ser ellos mismos, sin jefe, sin esposa, sin colegas, sin hijos.
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Es extraño entrar en contacto con alguien de ese modo y seguir caminando sin detenerte. No lo entiendo. Y es raro porque pese a que soy antisocial, cuando entro en contacto con un desconocido, aunque no sea más que intercambiar una sonrisa o estrecharle la mano, lo cual puede que no sea realmente entrar en contacto, aunque sí que lo es para mí, tengo la sensación de que no podemos seguir cada uno por su lado como si nada hubiese ocurrido. Por ejemplo, el chico mexicano que cortaba el césped en Hartsdale, ¿cómo había llegado allí, dónde vivía, qué pensaba? Es como si su vida fuera una pirámide, un iceberg, y yo solo viese la punta, la minúscula punta, pero el resto se extendiera por debajo, más y más, toda su vida bajo de él, dentro de él, todo lo que le había sucedido, todo acumulándose para converger en el momento, en el instante en que me sonrió. Pensé en la señora que se había sentado junto a mí en el tren y leía la Biblia. ¿Dónde estaba ahora? ¿En su casa? Sé que no debía haber bajado del tren en Woodlawn y seguirla hasta su casa, pero ¿y si lo hubiera hecho?, ¿y si estuviera destinada a ser o hubiera podido ser alguien importante en mi vida? Creo que eso es lo que me asusta: el carácter azaroso de todo. Que las personas que podrían ser importantes para ti pasen por tu lado y desaparezcan. O que pases por su lado y las dejes atrás. ¿Cómo podrías saberlo? ¿Debería volver sobre mis pasos y hablar con el chico mexicano? Tal vez estuviera solo como yo, quizá leyera a Denton Welch. Tenía la sensación de que al pasar de largo lo había abandonado, que me pasaba la vida, un día tras otro, abandonando a la gente. Sé que es estúpido sentirlo así y no tratar nunca de relacionarme con la gente, pero empiezo a pensar que la vida está llena de esas trágicas incongruencias.
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Tal vez se debiese al whisky de centeno, que ya había apurado, pero de repente me sentía reconfortado y feliz. Seguía creyendo que todo estaba mal, pero no me importaba. Como si me contemplase a mí mismo desde la luna y viese lo minúsculo que era y lo minúsculos y estúpidos que eran mis problemas.
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viernes, 25 de marzo de 2016

Fragmentos de: Los renglones torcidos de dios de Torcuato Luca De Tena




Toda la terapia que le aplicarían sería repetir —ignoraba con qué frecuencia— sus gratísimas conversaciones con el doctor del pelo blanco, los lentes de oro y el corazón probablemente de lo mismo.
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—Es una pena que no hable usted —le dijo con sorna—, pues estoy segura de que su conversación sería muy amena. El hombre enarcó las cejas como si asintiera: "En efecto, mi conversación sería amenísima. ¡Pero ya ve usted lo que son las cosas!", parecía indicar.
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—¡Tengo miedo de pensar! —¡Pues no piense! ¡Es así de fácil! ¡Los que piensan, enloquecen! ¡Yo no pienso nunca! Por eso estoy sana. ¿Quiere una pastilla para dormir? 

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¡Ah, qué terrible es el sino de los pobres locos, esos "renglones torcidos", esos yerros, esas faltas de ortografía del Creador, como los llamaba "el Autor de la Teoría de los Nueve Universos", ignorante de que él era uno de los más torcidos de todos los renglones de la caligrafía divina!

jueves, 24 de marzo de 2016

Fragmentos de: Lo opuesto al amor de Julie Buxbaum




Estamos actuando bajo el influjo de un engaño cultural colectivo, aquel que exige un vínculo azaroso al acercarse a los treinta, un encadenarse a cualquiera que caiga a tu lado durante un particular juego de la silla musical. Esta es la única manera que tengo de poder explicarlo.
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La primera vez que Andrew se rió mientras dormía, debería haberlo despertado y haber roto con él en el acto. Nadie merece ser tan feliz. Aunque, en vez de eso, acurrucaba mi cuerpo junto al suyo, pegaba mi tripa tensa contra su espalda y absorbía las vibraciones. Había confiado en que, fuera lo que fuese lo que lo hacía tan libre, tan puro, fuera contagioso. No lo era.
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—Oye, Ruth, ¿cómo decidiste quién querías ser? —le pregunto, aunque eso no es exactamente lo que quiero saber. Lo que de verdad deseo preguntar, pero no lo hago, es cuándo me convertiré en quien se supone que tengo que ser. —Todavía no he resuelto quién quiero ser, querida —dice Ruth, contestando a mis dos preguntas, y lanza la cabeza hacia atrás en una carcajada sonora y desinhibida—. No te lo digo de broma. Todavía no lo he resuelto. Pero no se lo digas a mis hijas. Les miento todos los días. Les digo que lo resolverán con el tiempo; que sigan haciendo lo que están haciendo. Pero deja que te cuente un pequeño secreto, porque creo que eres capaz de entenderlo. —Se inclina para susurrarme al oído—: Todos los padres mienten a sus hijos. Es nuestro deber. Pero lo cierto es que no creo que muchos sepamos lo que estamos haciendo. La mayor parte del tiempo actuamos envueltos en la confusión y muy solos.
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Sentada aquí, dentro de los pantalones de mi pijama a rayas, comiendo tostadas y mermelada con los dedos pringosos y sacudiéndome las migas adheridas a mi pecho enfundado en una sudadera, me siento angustiada. Esto es algo que hace sólo una semana me habría parecido divertido y novedoso, algo que solía hacer hace mucho, pero hoy se me antoja patético. ¿Qué pasa ahora?, me pregunto. ¿Me quedo aquí sentada todo el día y rezo para que me salga alguna especie de maratón en un reality show? Me prometí concederme dos semanas de descanso antes de empezar a buscar un nuevo empleo. La idea era darme la oportunidad de aclararme las ideas. Pero ahora que es el lunes por la mañana, y que me he levantado y no he ido al trabajo, y que los únicos programas de la televisión son culebrones y las noticias locales, y que todos mis amigos están ocupados en sus trabajos, no tengo ni idea de qué coño significa realmente «aclararme las ideas».
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—Pero no me estás escuchando. Se ha acabado todo. Voy a envejecer sola y a tener tropecientos gatos. No soy una heroína. Soy una perdedora. —Ahora, Kate empieza a llorar, sollozando con fuerza entre los pañuelos de papel. —No, eres mi jodida heroína. Porque eres valiente. En realidad, tienes el valor de ir detrás de lo que quieres. No sientas la cabeza sólo porque el resto del mundo dice que lo hagas. ¿Sabes que poca gente puede decir de verdad que vive de acuerdo con sus propias normas? Los demás nos limitamos a deambular por ahí, llenos de miedo permanentemente, y hacemos las cosas porque asumimos que no tenemos otra elección.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Fragmentos de: El Testamento - John Grishan






He ganado hasta el último centavo de la fortuna que poseo con mi sudor, mi inteligencia y mi buena suerte. Debería tener también el derecho de regalar todo ese dinero a quien me diera la gana, pero me persiguen. ¿Por qué debería preocuparme por quién recibe el dinero? He hecho con él todo lo imaginable. Sentado aquí en mi silla de ruedas, esperando solo, no se me ocurre ni una sola cosa que quiera comprar o ver, ni un solo lugar a donde quiera ir ni otra aventura a la que quiera lanzarme. Lo he hecho todo y estoy muy cansado. No me interesa quién reciba el dinero; pero me interesa mucho quién no lo reciba.
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—No nos engañemos; el señor Phelan sabe exactamente lo que hace. Su mente es mucho más rápida que la nuestra. Vaya, hombre, muchas gracias. Eso significa mucho para mí. Sois unos pobres psiquiatras que ganáis con gran esfuerzo cien mil dólares al año. Yo he ganado miles de millones y, sin embargo, vosotros me dais palmaditas en la cabeza y me decís que soy muy listo.
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No había asientos de primera en el vuelo a Campo Grande y no había ninguno vacío. Nate se llevó una grata sorpresa al ver que todos los viajeros estaban muy concentrados en la lectura de los periódicos de la mañana, muy variados, por cierto. Los diarios eran tan vistosos y modernos como cualquiera de los que había en Estados Unidos, y quienes los leían parecían verdaderamente ávidos de noticias. A lo mejor, Brasil no era un país tan atrasado como él pensaba. ¡Aquella gente sabía leer!
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Cuando se acercaron a la zona comercial, se produjo un atasco. El taxista murmuró algo por lo bajo, pero no pareció molestarse demasiado. El mismo taxista en Nueva York o en el distrito de Columbia habría estado a punto de cometer un acto de violencia. Pero aquello era Brasil y Brasil estaba en América del Sur. Los relojes funcionaban más despacio. Nada era urgente.
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—Pero es que usted adora el dinero, Nate. Forma parte de una cultura en la que todo se mide con el dinero. Es una religión. —Cierto. Aunque el sexo también es muy importante. —De acuerdo, el dinero y el sexo. ¿Qué más? —La fama. Todo el mundo quiere ser famoso. —Es una cultura muy triste. La gente vive en un estado de frenesí permanente. Trabaja sin descanso para ganar dinero con que comprarse cosas para impresionar a los demás. Se la mide por lo que tiene.
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De pronto, mientras escuchaba la música, se sintió desconcertado. No era posible que Dios estuviese llamándolo. Él era Nate O'Riley, un borracho, drogadicto, mujeriego, mal padre, peor marido, abogado codicioso, defraudador de impuestos… La lista era interminable. Estaba mareado. Cesó la música y el joven se dispuso a entonar otra canción. Nate abandonó precipitadamente la capilla. Al doblaruna esquina, volvió la cabeza no sólo con la esperanza de ver a Rachel, sino también para cerciorarse de que Dios no había enviado a nadie tras él.