miércoles, 23 de marzo de 2016

Fragmentos de: El Testamento - John Grishan






He ganado hasta el último centavo de la fortuna que poseo con mi sudor, mi inteligencia y mi buena suerte. Debería tener también el derecho de regalar todo ese dinero a quien me diera la gana, pero me persiguen. ¿Por qué debería preocuparme por quién recibe el dinero? He hecho con él todo lo imaginable. Sentado aquí en mi silla de ruedas, esperando solo, no se me ocurre ni una sola cosa que quiera comprar o ver, ni un solo lugar a donde quiera ir ni otra aventura a la que quiera lanzarme. Lo he hecho todo y estoy muy cansado. No me interesa quién reciba el dinero; pero me interesa mucho quién no lo reciba.
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—No nos engañemos; el señor Phelan sabe exactamente lo que hace. Su mente es mucho más rápida que la nuestra. Vaya, hombre, muchas gracias. Eso significa mucho para mí. Sois unos pobres psiquiatras que ganáis con gran esfuerzo cien mil dólares al año. Yo he ganado miles de millones y, sin embargo, vosotros me dais palmaditas en la cabeza y me decís que soy muy listo.
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No había asientos de primera en el vuelo a Campo Grande y no había ninguno vacío. Nate se llevó una grata sorpresa al ver que todos los viajeros estaban muy concentrados en la lectura de los periódicos de la mañana, muy variados, por cierto. Los diarios eran tan vistosos y modernos como cualquiera de los que había en Estados Unidos, y quienes los leían parecían verdaderamente ávidos de noticias. A lo mejor, Brasil no era un país tan atrasado como él pensaba. ¡Aquella gente sabía leer!
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Cuando se acercaron a la zona comercial, se produjo un atasco. El taxista murmuró algo por lo bajo, pero no pareció molestarse demasiado. El mismo taxista en Nueva York o en el distrito de Columbia habría estado a punto de cometer un acto de violencia. Pero aquello era Brasil y Brasil estaba en América del Sur. Los relojes funcionaban más despacio. Nada era urgente.
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—Pero es que usted adora el dinero, Nate. Forma parte de una cultura en la que todo se mide con el dinero. Es una religión. —Cierto. Aunque el sexo también es muy importante. —De acuerdo, el dinero y el sexo. ¿Qué más? —La fama. Todo el mundo quiere ser famoso. —Es una cultura muy triste. La gente vive en un estado de frenesí permanente. Trabaja sin descanso para ganar dinero con que comprarse cosas para impresionar a los demás. Se la mide por lo que tiene.
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De pronto, mientras escuchaba la música, se sintió desconcertado. No era posible que Dios estuviese llamándolo. Él era Nate O'Riley, un borracho, drogadicto, mujeriego, mal padre, peor marido, abogado codicioso, defraudador de impuestos… La lista era interminable. Estaba mareado. Cesó la música y el joven se dispuso a entonar otra canción. Nate abandonó precipitadamente la capilla. Al doblaruna esquina, volvió la cabeza no sólo con la esperanza de ver a Rachel, sino también para cerciorarse de que Dios no había enviado a nadie tras él.

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