jueves, 24 de marzo de 2016

Fragmentos de: Lo opuesto al amor de Julie Buxbaum




Estamos actuando bajo el influjo de un engaño cultural colectivo, aquel que exige un vínculo azaroso al acercarse a los treinta, un encadenarse a cualquiera que caiga a tu lado durante un particular juego de la silla musical. Esta es la única manera que tengo de poder explicarlo.
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La primera vez que Andrew se rió mientras dormía, debería haberlo despertado y haber roto con él en el acto. Nadie merece ser tan feliz. Aunque, en vez de eso, acurrucaba mi cuerpo junto al suyo, pegaba mi tripa tensa contra su espalda y absorbía las vibraciones. Había confiado en que, fuera lo que fuese lo que lo hacía tan libre, tan puro, fuera contagioso. No lo era.
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—Oye, Ruth, ¿cómo decidiste quién querías ser? —le pregunto, aunque eso no es exactamente lo que quiero saber. Lo que de verdad deseo preguntar, pero no lo hago, es cuándo me convertiré en quien se supone que tengo que ser. —Todavía no he resuelto quién quiero ser, querida —dice Ruth, contestando a mis dos preguntas, y lanza la cabeza hacia atrás en una carcajada sonora y desinhibida—. No te lo digo de broma. Todavía no lo he resuelto. Pero no se lo digas a mis hijas. Les miento todos los días. Les digo que lo resolverán con el tiempo; que sigan haciendo lo que están haciendo. Pero deja que te cuente un pequeño secreto, porque creo que eres capaz de entenderlo. —Se inclina para susurrarme al oído—: Todos los padres mienten a sus hijos. Es nuestro deber. Pero lo cierto es que no creo que muchos sepamos lo que estamos haciendo. La mayor parte del tiempo actuamos envueltos en la confusión y muy solos.
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Sentada aquí, dentro de los pantalones de mi pijama a rayas, comiendo tostadas y mermelada con los dedos pringosos y sacudiéndome las migas adheridas a mi pecho enfundado en una sudadera, me siento angustiada. Esto es algo que hace sólo una semana me habría parecido divertido y novedoso, algo que solía hacer hace mucho, pero hoy se me antoja patético. ¿Qué pasa ahora?, me pregunto. ¿Me quedo aquí sentada todo el día y rezo para que me salga alguna especie de maratón en un reality show? Me prometí concederme dos semanas de descanso antes de empezar a buscar un nuevo empleo. La idea era darme la oportunidad de aclararme las ideas. Pero ahora que es el lunes por la mañana, y que me he levantado y no he ido al trabajo, y que los únicos programas de la televisión son culebrones y las noticias locales, y que todos mis amigos están ocupados en sus trabajos, no tengo ni idea de qué coño significa realmente «aclararme las ideas».
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—Pero no me estás escuchando. Se ha acabado todo. Voy a envejecer sola y a tener tropecientos gatos. No soy una heroína. Soy una perdedora. —Ahora, Kate empieza a llorar, sollozando con fuerza entre los pañuelos de papel. —No, eres mi jodida heroína. Porque eres valiente. En realidad, tienes el valor de ir detrás de lo que quieres. No sientas la cabeza sólo porque el resto del mundo dice que lo hagas. ¿Sabes que poca gente puede decir de verdad que vive de acuerdo con sus propias normas? Los demás nos limitamos a deambular por ahí, llenos de miedo permanentemente, y hacemos las cosas porque asumimos que no tenemos otra elección.

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