sábado, 30 de noviembre de 2013

Fragmentos de Tokyo Blues (Norwegian Wood) - Haruki Murakami

A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán todo volvía al mismo punto de partida: yo.

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«¡Arriba! ¡Comprende! », decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.


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Como siempre me veían leyendo, los de la residencia pensaban que yo quería ser escritor, lo que jamás se me había ocurrido. A mí, en realidad, no se me había ocurrido ser nada.


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Al parecer, lo que yo necesitaba era esto: aire puro, un lugar tranquilo y apartado del mundo, una vida ordenada, ejercicio diario. ¡Es magnífico ser capaz de escribirle a alguien! Sentir que quieres comunicarle tus pensamientos, sentarte a la mesa, coger una pluma y escribir unas líneas me parece algo maravilloso. Aunque, al expresarlo en palabras, quede una pequeña parte de lo que quiero decir. No importa. Sólo por tener ganas de escribirle a alguien ya me siento feliz.


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Toda mi vida había girado en torno al piano. Había empezado a tocar a los cuatro años y, desde entonces, había pensado únicamente en él. Jamás había hecho ninguna tarea doméstica por temor a que se me estropearan las manos, todo el mundo me respetaba porque tenía talento tocando el piano. Si a una chica que ha crecido así le quitas el piano...¿Qué le queda entonces?

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    -Me gustas como un oso en primavera.
    -¿«Un oso en primavera»? -Midori volvió a levantar la cabeza- ¿Qué es esto?- ¡«Un oso en primavera»!
    -Imagina que paseas sola por un prado y se te acerca un osito con la piel aterciopelada y unos ojazos. De pronto el osito te dice: «¡Buenos días señorita! ¿Quiere usted rodar conmigo?» .
Entonces tú y el osito os pasáis el día entero rodando abrazados por una ladera sembrada de tréboles. Es bonito, ¿no?
    - Muy bonito.
    - Pues a mí me gustas tanto como eso.

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El tiempo transcurría al ritmo de mis pasos. A mi alrededor hacía tiempo que todos habían emprendido la marcha, y yo y mi tiempo seguíamos arrastrándonos con torpeza por aquel lodazal. (...) Y yo me limitaba a vivir día tras día sin apenas levantar la cabeza, lo único que se reflejaba en mis pupilas era aquel lodazal infinito. Levantaba el pie derecho, luego el izquierdo, de nuevo el pie derecho. Ni siquiera sabía con certeza dónde me encontraba. No lograba orientarme. Sólo sabía que tenía que dirigirme a alguna parte y, por ese motivo, movía los pies.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Fragmentos de El Club de los Poetas Muertos (N. H. Kleinbaum)


—¿ No habrán esperado demasiado antes de llevar a cabo una fracción de aquello de lo que eran capaces? Al adular en exceso a la diosa todopoderosa del éxito social, ¿no habrán vendido baratos sus sueños de infancia? ¿En qué caminos trillados, en qué mezquindades quedaron empantanados sus ideales? La mayoría de ellos están hoy criando malvas.
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—Estamos comprometidos en una batalla, señores. ¿Qué digo, una batalla? ¡Es la guerra! Ustedes, jóvenes almas llegadas a un momento crucial de su desarrollo, serán triturados, aplastados por la apisonadora del academicismo, y el fruto perecerá antes incluso de nacer, o triunfarán y entonces podrá florecer su individualidad. »No teman, aprenderán lo que este colegio exige que sepan; pero, si puedo completar mi tarea, aprenderán aún bastante más. Por ejemplo, descubrirán el placer de las palabras; porque, pese a todo lo que les hayan podido decir, las palabras y las ideas tienen el poder de cambiar el mundo.
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—Se escribe y se lee poesía, no porque sea bonita, sino porque formamos parte de la Humanidad. Se escribe y se lee poesía porque los seres humanos son seres con pasiones. La Medicina, el Derecho, el comercio, son nobles actividades, necesarias todas ellas para mantenernos con vida. Pero la poesía, el amor, la belleza, ésa es nuestra razón de ser.
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McAllister hizo como que se echaba a reír. —¡Filósofos a los diecisiete años! —Es curioso, nunca hubiese imaginado que era usted un cínico —dijo Keating antes de tomar un sorbo de té. —Cínico no, amigo mío —replicó el profesor de Latín—. Realista. Muéstreme usted un corazón liberado del peso vano de los sueños y yo le mostraré a un hombre feliz. —El hombre nunca ha sido tan libre como cuando sueña —replicó Keating—. Ésa fue, es y seguirá siendo la verdad. McAllister frunció el ceño por efecto de un intenso esfuerzo de la memoria. —¿Es eso Tennyson? —No... Es Keating.
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—«Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisa. Quería vivir intensamente y sorberle todo su jugo a la vida. » —¡Bien dicho! —interrumpió Charlie. —«Abandonar todo lo que no era la vida, para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido.»
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Señores, todos llevamos en nosotros mismos este deseo de ser aceptados; pero traten de estimular lo que tienen ustedes de único o diferente, incluso aunque por ello se vean tachados de excéntricos.
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¡Oh, cuánto me gusta! —¿El qué? ¿La obra? —La obra, por supuesto, pero, sobre todo, ¡interpretar! Es el trabajo más hermoso del mundo. Y decir que la mayoría de la gente no vive más que una vida, y eso si tienen suerte. Sin embargo, un actor puede vivir docenas de vidas, cada una más apasionante que las demás.
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PD: Me pasó que leí el libro primero, sabía que existía una película, claro, pero lo que me sorprendió fue el descubrir que en este caso el libro era una adaptación del guión original de la película y no al revés como normalmente sucede.

jueves, 30 de mayo de 2013

Fragmentos de Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

¿Cuánta gente había que refractase hacia uno su propia luz? Por lo general, la gente era - Montag buscó un símil, lo encontró en su trabajo - como antorchas, que ardían hasta consumirse. ¡Cuán pocas veces los rostros de las otras personas captaban algo tuyo y te devolvían tu propia expresión, tus pensamientos más íntimos!

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Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie.

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Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia y, entonces me presenté yo y en dos minutos ¡zas!, todo liquidado.

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La mayoría de nosotros no podemos andar corriendo por ahí, hablando con todo el mundo, ni conocer todas las ciudades del mundo, pues carecemos de tiempo, de dinero o de amigos. Lo que usted anda buscando, Montag, está en el mundo, pero el único medio para que una persona corriente vea el noventa y nueve por ciento de ello está en un libro.

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Recordó una granja que había visitado de niño, una de las pocas veces en que había descubierto que, más allá de los siete velos de la irrealidad, más allá de las paredes de los salones y de los fosos metálicos de la ciudad, las vacas pacían la yerba, los cerdos se revolcaban en las ciénagas a medio día y los perros ladraban a las blancas ovejas, en las colinas.

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Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. "No importa lo que hagas - decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos"

lunes, 22 de abril de 2013

Fragmentos de "La Historia Interminable" - Michael Ende

Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, pueden explicar realmente por qué. Otros se arruinan para conquistar el corazón de una persona que no quiere saber nada de ellos. Otros se destruyen a sí mismos por no saber resistir los placeres de la mesa...o de la botella. Algunos pierden cuanto tienen para ganar en un juego de azar, o lo sacrifican todo a una idea fija que jamás podrá realizarse. Unos cuantos creen que sólo serán felices en algún lugar distinto, y recorren el mundo durante toda su vida. Y unos pocos no descansan hasta que consiguen ser poderosos. En resumen: hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay. La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.

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Comprendía ahora que no sólo Fantasia estaba enferma, sino también el mundo de los seres humanos. Una cosa tenía que ver con la otra. En realidad siempre lo había sentido así, sin poder explicarse por qué. Nunca había querido aceptar que la vida fuera tan gris e indiferente, tan sin secretos ni maravillas como pretendían las personas que decían: ¡la vida es así!

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Quien no haya pasado tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado... Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito... Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acaba y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bástian hizo entonces.

lunes, 18 de marzo de 2013

Frase de película: Rock Mari

"La felicidad no luce igual para todos, 
tal vez mi felicidad nada más 
no es tu estilo de felicidad"

lunes, 21 de enero de 2013

Fragmentos de El Camino de los Reyes - Brandon Sanderson

Kaladin lo vio marchar, luego se maldijo a sí mismo. —¿Qué ha pasado? —dijo la vientospren, acercándose a él, la cabeza ladeada. —Casi me cae bien —dijo Kaladin, apoyando de nuevo la cabeza contra la jaula. —Pero..., después de lo que hizo... Kaladin se encogió de hombros. —No he dicho que no sea un hijo de puta. Solo es un hijo de puta simpático —vaciló. Luego hizo una mueca—. Esos son los peores. Cuando los matas, acabas sintiéndote culpable por ello.
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Hizo a un lado la página. Algunos hombres coleccionaban trofeos. Otros coleccionaban armas o escudos. Muchos coleccionaban esferas. Shallan coleccionaba personas. Personas, y criaturas interesantes. Tal vez era debido a que había pasado gran parte de su juventud en una prisión virtual. Había desarrollado la costumbre de memorizar rostros, y de dibujarlos más tarde, después de que su padre la descubriera haciendo bocetos de los jardineros. ¿Su hija? ¿Haciendo dibujos de ojos oscuros? Se enfureció con ella: uno de los pocos momentos en que dirigió su famoso temperamento contra su hija. Después de eso, ella hizo dibujos de personas solo en privado, usando en cambio los momentos libres para esbozar los insectos, crustáceos y plantas de los jardines de la mansión. A su padre no le importó esto (la zoología y la botánica eran actividades femeninas adecuadas), y eso la animó a elegir la historia natural como Llamada.
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Pero cada uno de nosotros es muchas personas diferentes, y se puede saber mucho de una persona por lo que lleva consigo. Si ese cuaderno es alguna indicación, buscas el saber en tu tiempo libre por su propio bien. Eso es positivo. Es, quizás, el mejor argumento que podías hacer a tu favor.
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Eso era extraño. Por algún motivo, el Puente Cuatro siempre parecía ser el objetivo. Kaladin no se molestaba en aprender los nombres de sus compañeros. Ninguno de los hombres del puente lo hacía. ¿Qué sentido tenía? Aprende el nombre de un hombre, y uno de los dos estará muerto antes de que pase una semana. Las probabilidades eran que los dos estaríais muertos. Tal vez debería aprenderse los nombres. Así tendría a alguien con quien hablar en Condenación. Podrían recordar lo terrible que fue el Puente Cuatro, y coincidir con que los fuegos eternos eran mucho más agradables.
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—«Comprendí en un momento de quietud —leyó Litima—. Las llamas de aquellas velas eran como las vidas de los hombres. Tan frágiles. Tan letales. Si no se las molestaba, iluminaban y daban calor. Si se las dejaba a sus anchas, destruirían las mismas cosas que debían iluminar. Hogueras en embrión, cada una portando una semilla de destrucción tan potente que podía arrasar ciudades y hacer caer de rodillas a los reyes. En años posteriores, mi mente regresaría a aquella noche tranquila y silenciosa, cuando contemplé las filas de seres vivos. Y comprendí. Que te ofrezcan lealtad es como ser infundido como una gema, obtener la temible licencia para destruir no solo tu propia entidad, sino la de todo lo que está a tu cargo.»
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—Cuando leo esos libros, la sabiduría y la ignorancia me parecen muy similares —dijo Shallan—. La ignorancia puede residir en un hombre que se esconde de la inteligencia, pero la sabiduría puede ser ignorancia escondida detrás de la inteligencia. —¿Y qué hay de la inteligencia sin ignorancia? ¿De buscar la verdad sin rechazar la posibilidad de estar equivocado? —Un tesoro mitológico, brillante, como las Esquirlas del Amanecer o las Espadas de Honor. Merece la pena buscarlos, pero solo con gran cautela. —¿Cautela? —dijo Jasnah, frunciendo el ceño. —Encontrarlos te haría famosa, pero nos destruiría a todos. ¿Prueba de que se puede ser a la vez inteligente y aceptar la inteligencia de aquellos que están en desacuerdo contigo? Bueno, yo creo que eso minaría por completo al mundo erudito.
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Demasiados eruditos piensan que la investigación es solo una búsqueda cerebral. Si no hacemos nada con el conocimiento que obtenemos, entonces hemos desperdiciado nuestros estudios. Los libros pueden almacenar información mejor que nosotros..., lo que nosotros hacemos, y los libros no pueden, es interpretar. Así que si no se van a extraer conclusiones, bien puedes dejar la información en los textos.
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—Te encuentras en un lugar interesante en tu vida, Shallan —dijo Jasnah, flexionando la mano—. Eres lo bastante mayor para inquietarte, preguntar, rechazar lo que se te presenta simplemente porque sí. Pero también te aferras al idealismo de la juventud. Consideras que tiene que haber una Verdad única que lo defina todo..., y piensas que, cuando la encuentres, todo lo que una vez te confundió tendrá de pronto sentido.
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—¿Entonces por qué luchar? Me dije a mí mismo que lo intentaría una última vez. Pero fracasé antes de empezar. No se les puede salvar. —¿La lucha en sí misma no significa nada? —No si estás destinado a morir —agachó la cabeza. Las palabras de Sigzil resonaban en su mente. «Vida antes que muerte. Fuerza antes que debilidad. Viaje antes que destino.» Kaladin miró la rendija de cielo. Como un río lejano de agua pura y azul. Vida antes que muerte. ¿Qué significaba el dicho? ¿Que los hombres deberían buscar la vida antes que buscar la muerte? Eso era obvio. ¿O significaba otra cosa? ¿Que la vida venía antes que la muerte? Una vez más, obvio. Y sin embargo las palabras sencillas le hablaban. La muerte viene, susurraban. La muerte les viene a todos. Pero la vida viene primero. Saboréala.
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«Voy a fallarles —pensó, cerrando los ojos—. ¿Por qué intentarlo?» ¿No era un necio por querer resistir como lo hacía? Si tan solo pudiera ganar una vez... Eso sería suficiente. Mientras pudiera creer que era capaz de ayudar a alguien, mientras creyera que algunos caminos conducían a lugares distintos de la oscuridad, podía sentir esperanza.
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—Estoy cansado de cocinar —continuó Ashir. Tenía una voz suave y amable. Ella lo amaba por eso. En parte porque a él le gustaba hablar, y si ibas a tener a alguien hablándote mientras intentabas pensar, bien podía tener una voz suave y amable.
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—¿Por qué no nos cuentas una historia? —dijo Mapas, soltando su carga —. Nos ayudará a pasar el tiempo. —No soy ningún bufón ni un cuentacuentos —dijo Sigzil, arrancando una bota—. No «cuento historias». Difundo conocimiento de culturas, pueblos, pensamientos y sueños. Traigo la paz a través de la comprensión. Es la sagrada carga que mi orden recibió de los mismísimos Heraldos.
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»Y, por tanto, ¿importa el destino? ¿O es el camino que emprendemos? Declaro que ningún logro tiene tan gran sustancia como el camino empleado para conseguirlo. No somos criaturas de destinos. Es el viaje el que nos da la forma. Nuestros pies encallecidos, nuestras espaldas fortalecidas por cargar el peso de nuestros viajes, nuestros ojos abiertos con el fresco deleite de las experiencias vividas.
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«El sol se acerca al horizonte. Viene la Tormenta Eterna. La Auténtica Desolación. La Noche de las Penas...»
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—¡La muerte es el final de todos los hombres! —gritó Dalinar—. ¿Cuál es su medida cuando ya no está? ¿Las riquezas que acumuló y dejó para que se pelearan sus herederos? ¿La gloria que obtuvo, sólo para pasarla a aquellos que lo mataron? ¿Las elevadas posiciones que obtuvo por casualidad? »No. Luchamos aquí porque comprendemos. El final es el mismo. Es el camino lo que separa a los hombres. Cuando saboreemos ese final, lo haremos con la cabeza bien alta, los ojos al sol.
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—Tenemos que regresar —dijo Kaladin en voz baja—. Tormentas, tenemos que regresar. Se volvió hacia los hombres del Puente Cuatro. Uno a uno, asintieron. Hombres que habían sido los despojos del ejército apenas unos meses antes, hombres que solo se preocupaban por su propia piel, inspiraron profundamente, hicieron a un lado cualquier idea sobre su seguridad y asintieron. Lo seguirían.

sábado, 12 de enero de 2013

Fragmento (perversa canción) Las Brujas - Roald Dahl

¡A los niños hay que destrruirr,
herrvirr sus huesos y su piel jrreírrl
¡Desmenuzadlos y trriturradiós,
estrrugadlos y machacadlos! 
Con polvos maguicos dadles bombones,
decidles «come» a los muy glotones. 
Llenadles bien de dulces prringosos
y de pasteles empalagosos. 
Al día siguiente, tontos, tontuelas, 
irrán los niños a sus escuelas. 
Se pone rroga cual amapola 
una niñita: «¡Me sale cola!». 
Un niño pone carra de lelo 
Y grrita: «¡Auxilio, me sale pelo!». 
Y otrro berrea al poco rrato: 
«¡Tengo bigotes como de gato!». 
Un niño alto dice guimiendo: 
«¡Cielos, ¿qué pasa?, estoy encoguiendo!». 
Todos los niños y las niñitas 
en vez de brrasos tienen patitas, 
y de rrepente, en un instante, 
sólo hay rratones, ningún infante. 
En los coleguios sólo hay rratones 
corrreteando por los rrincones. 
Enloquecidos, los prrofesorres 
grritan: «¿Por qué hay tantos rroedorres?». 
A los pupitrres suben ansiosos 
y chillan: «¡Fuerra, bichos odiosos!». 
«¡Que alguien traiga una rratonerra!». 
«¡Trraed el queso de la queserra!». 
Las rratonerras tienen un muelle fuerrte 
que salta y que suena a muerrte, 
y su sonido es tan musical... 
¡Es una música celestial! 
Rratones muerrtos porr todas parrte 
grracias a nuestrras perrverrsas arrtes. 
Los prrofes buscan con grran carriño, 
perro no encuentrran un solo niño. 
Grritan a corrro: «¿Adonde han ido 
todos los niños, qué ha sucedido?». 
«Es en verdad un extraño caso, 
¿dónde se ha visto tanto rretrraso?». 
Los prrofes ya no saben qué hacerr, 
algunos se sientan a leerr, 
y otros echan a la basurra
 a los rratones con grran prremurra 
¡MIENTRRAS LAS BRUGAS GRRITAMOS HURRRA¡
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